Los alumnos de las facultades de medicina saben, desde que ingresan, que pertenecen a una clase aparte en el mundo formal de la educación superior; ellos se formarán y se especializarán como una estirpe que se les enaltece como los curadores de la humanidad. Se convertirán, por lo tanto, en representantes de una de las funciones sociales más antiguas, serán los herederos del juramento de Hipócrates que comprometía a través de la ética, a centrar su vocación esencialmente hacia la responsabilidad del ser humano.
Estudiar medicina implica someterse a uno de los sistemas más competitivos e individualistas de la educación que existen, es una auténtica carrera de obstáculos en la que cada aspirante pelea por uno de los pocos lugares destinados al éxito. Es, además, aceptar el paradigma de la medicina unidireccional, unideterminativa y unicausal; pocos serán los que cuestionen esa fórmula. La contienda ha desnaturalizado aquel compromiso primigenio de servir a la humanidad y se ha transformado en una vía que busca un legado de fortuna y reconocimiento social que puede ser mundial. Son ellos los agentes por excelencia de la mega industria de la salud. En los últimos cincuenta años, la ciencia biomédica ha avanzado pasos enormes en la investigación científica que busca las causas de distintas enfermedades; la ciencia occidental está convencida que el desciframiento del código genético constituye la puerta mágica para abatir la última frontera en las batalla contra las enfermedades endémicas y degenerativas, ¿por qué entonces a pesar del avance las personas se siguen enfermando, incluso de males que se suponían erradicados? Inglaterra reporta la reaparición del raquitismo, enfermedad del siglo XIX. Los centros de investigación y una inmensa de red de hospitales en todo el mundo, funcionan como factorías para estudiar y masticar enfermedades humanas, no necesariamente para obtener salud de calidad. La salud no es el objeto sino la enfermedad, el sujeto no es el ser humano sino la última medicina que se pone a prueba. Los medicamentos son diseñados con altísimos estándares de especialización, los caros; pero también hay baratos que arrasan con los órganos malos y con los buenos. En un mundo globalizado se necesita descentralización de la manufactura en función del menor costo y la máxima rentabilidad, esto también aplica para curar a la humanidad. La transnacional despliega sus patentes en todo el mundo que son compradas por los laboratorios farmacéuticos, quienes a su vez dispersan un ejército de visitadores médicos cual encantadores cuya misión es persuadir al doctor, sobre las bondades de la última generación de tal o cual medicina. Pacientemente espera el visitador en la sala del consultorio junto a los enfermos, pues sabe que el doctor es un eslabón cómplice de la misma cadena. Si el doctor acepta recetar una medicina en particular que está “en fase de prueba”, él tendrá beneficios especiales, los efectos secundarios no importan, para eso es “paciente” el enfermo; a su debido tiempo llegará su cura o su muerte. Los males de estos tiempos no son los de hace un siglo; la obesidad, el alzheimer, la diabetes, el Parkinson o ciertos tipos de cáncer representan solo algunas de las enfermedades que produce el sistema giratorio centrifugador del capitalismo y su consumo exacerbado. El paciente se entrega al destino que el médico determine, quien a su vez ha sido formado bajo un paradigma que asume la enfermedad como la descompostura de una pieza en un cuerpo que debe producir. En su defecto, mantener la constante reparación es un rédito que el sistema también tiene contemplado.