En Guatemala, la participación democrática fue y es muy pobre por parte de los gobiernos de turno porque así les convino y conviene, como a la población, pues se hizo costumbre generalizada pensar que la democracia inicia y concluye con el derecho a emitir nuestro voto en la urna el día de las elecciones.
Algunos creen que democracia participativa es emitir el voto indicando a quién quiero que gobierne el país o municipio o la simple abstención porque no me interesa ninguno o porque no creo en la política. No. Sé es demócrata porque somos corresponsables de lo que hacen o dejan de hacer los gobernantes en cada una de las expresiones de gobierno.
La democracia es un ejercicio de lo que se hace todos los días, como protagonistas de nuestros actos; ejercemos la democracia cuando aportamos nuestro concurso para conducir las decisiones de gobierno; cuando exigimos, cuando los resultados del accionar gubernamental lo decidimos todos, porque pagamos magníficos sueldos y salarios a muchas personas para que se haga y porque, quienes ejercen el poder son nuestros súbditos, y NO AL REVÉS.
Las personas que ejercieron el gobierno pocas veces lo hicieron en tono democrático y por parte de la población, pocas veces se exigió su cumplimiento; haberlo hecho -y hacerlo- se consideró y se considera una irreverencia, falta de respeto a la autoridad, intolerancia, es estar al lado de los “malos” guatemaltecos; así mismo, cuando se exige, la población lo hace con temor al enojo supremo de las autoridades de turno y hasta casi en forma de clandestinidad más que de diálogo.
Los gobernantes de Guatemala se han comportado más en un tono de gobierno para ellos, sus amigos, financistas, empresarios nacionales, extranjeros y transnacionales en el nombre de todos nosotros, construyen castillos infranqueables en donde sólo acceden, habitan y caben ellos; es decir, a puertas cerradas.
Raras veces, salen de sus bunkers para caminar entre nosotros, palpar y percibir sentimientos, necesidades, aromas, sueños, enojos y expectativas de sus gobernados para gobernar para todos en lo que de verdad se necesita y no para administrar por actos coyunturales, sino para realizar los cambios que el país requiere.
Sin embargo… la vida política en Guatemala discurre entre los dimes y diretes de los políticos; en los pasillos congresiles, palaciegos o en la intimidad placentera se dice, dispone y ordena la ejecución de actos gubernamentales con el consabido “ejecútese”, “cúmplase” y el infaltable criterio acerca de la población de “ellos nacieron para obedecer y callar” y del “es por ustedes, así que cállense y no protesten”; por ello el tono oficial que hemos percibido desde hace ya mucho tiempo, y hoy, aquí, difiere del sueño democrático de un gobierno con sus gobernados y que éstos apoyen a su gobierno.
Por eso resultan los excesos. De ahí que un gobierno no acostumbrado a la democracia, no acepte el reto de gobernar en la calle y la sociedad no acostumbrada a la democracia, permita que pisoteen sus derechos y aspiraciones; pues los mismos gobernantes desde los militares hasta los políticos con sus conductas abyectas y de sumisión a los poderes fácticos y transnacionales dieron y dan pábulo a su defenestración del imaginario guatemalteco como personas honradas y dignas.
Planes, objetivos, estrategias y líneas de acción para el desarrollo de Guatemala, hubo bastantes, presentados como una solución para erradicar la pobreza, desigualdad, chanchullo, injusticia y corrupción. ¿Qué pasó entonces? Que gobernantes y gobernados, que debieron transformar al país, aplaudieron, firmaron, imprimieron y guardaron silencio. Otros cuatro años perdidos, ¿Importa o no importa?