Formo parte del inmenso grupo de personas que nos disgusta concurrir a los sitios adonde pueda llegar mucha gente para evitar las apretazones, los empujones, mucho más las agresiones físicas o corporales. Por ello, si fuera reportero, no me hubiera gustado recabar información en los tribunales en los que, como en el caso de Roberto Barreda, se le hace la vida imposible a las chicas y chicos de la prensa, poniéndoles tropiezos para ejecutar de manera más confortable su arduo trabajo de llevar a nuestra comunidad la verdad de los acontecimientos que ocurran.
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Por otro lado, no creo que sería muy costoso que cada entidad comunicadora habilitara un salón adecuado para que a determinados días y horas de la semana pudieran reunir a los reporteros sobre temas de su interés, en vez de andar persiguiendo a sus funcionarios metiéndoles el micrófono o la grabadora por la boca para obtener sus declaraciones.
Lo ocurrido con la llegada al país de Roberto Barreda, como cuando fue llevado a la Torre de Tribunales para su primera declaración, me pareció un buen ejemplo de lo que las autoridades no debieran hacer para prevenir un desaguisado mayor al acontecido, lo que también estuvo a punto de ocurrir cuando llegó al país el expresidente Portillo y luego con su extradición hacia los Estados Unidos. No me estoy refiriendo a gastar cuantiosas cantidades de dinero en tecnología o llegar hasta privatizar servicios, cosa que se ha vuelto costumbre, puesto que son labores que bien puede desempeñar tanto personal sobre contratado en las dependencias públicas, sino simplemente utilizando la elemental lógica, prever situaciones lamentables.
A ojos de todo el mundo en Guatemala se ha vuelto tremendamente peligroso el traslado de los procesados desde la cárcel en la que están detenidos hacia el sitio en donde se ventilan las diligencias judiciales, como también no separar adecuadamente el ingreso o salida del recinto en donde se practiquen. Debo reconocer que me produjo gran nerviosismo presenciar la transmisión en directo por la televisión cuando reo, policías y reporteros atiborraron un elevador de la Torre de Tribunales, lo que me indujo a pensar ¿Qué drama se está gestando si en ese preciso instante alguien provocara un atentado?
La desafortunada medida de rociar gas pimienta, por el desorden provocado en el caso de Roberto Barreda es como haber vuelto a la época de las cavernas. Solo faltó que uno de tantos torpes y nerviosos agentes usara sus macanas en contra de los reporteros o que alguna otra acción mucho más violenta se les hubiera ocurrido hacer. Por favor no se me vaya a tildar de aficionado a las películas de policías y ladrones, sino que a cualquiera se le hace demasiado obvia la elevada clase de empirismo que emplean nuestras fuerzas de seguridad. De ahí que pregunte: ¿no sería oportuno mejorar su capacitación señor Ministro?