Previamente a enfocar el asunto de mi interés mediático de este día, es preciso que insista en subrayar que no es legítimo ni válido generalizar; falacia en la que solemos incurrir varios periodistas de opinión cuando nos referimos a los políticos como un todo indivisible y monolítico, especialmente si se trata de diputados y funcionarios públicos, y conducta que es más constante y rebosante de aborrecimiento de parte de activistas sociales que antes de devenir en columnistas militaban en grupos radicales de izquierda, cuando abordan temas en los que salen a relucir o vinculan a militares, a los que satanizan sin ningún inconveniente.
Traigo a colación esa breve introducción a propósito de una noticia relacionada con declaraciones del obispo Carlos Rubio, en su calidad de Vicario de la Iglesia Católica de Honduras, durante la homilía que pronunció el domingo anterior en la catedral de Tegucigalpa., la capital del vecino país.
Según un despacho de la agencia internacional de noticia EFE, el arzobispo hondureño en funciones exhortó a sus compatriotas a que en las elecciones generales a celebrarse el próximo domingo “No voten por corruptos y mentirosos”, sin que yo pueda inferir si esas palabras iban dedicadas a determinados candidatos a distintos cargos, por alguna no confesada animadversión del religioso, o si, por lo contrario, son un disimulado apoyo a otros; fundamentalmente porque no estoy familiarizado con la actividad política hondureña.
Coincido con el llamamiento del prelado catracho en lo que atañe a que sus conciudadanos no emitan sus sufragios a favor de políticos que se han enriquecido ilícitamente, al amparo de su cargos, y que tienen la cola machucada, o que es notoria esa tendencia; sin embargo, eso de recomendar que no se vote por candidatos mentirosos me parece una sugerencia excesivamente inmoderada.
Aunque ciertamente en todas partes hay candidatos redomadamente embusteros y cuyas ofertas electorales son visiblemente estrambóticas, en todos los países del mundo se van a encontrar políticos que hasta se ven obligados a decir una que otra mentirilla para salir airosos de leves conflictos de intereses, a fin de no ofender a otras personas, por ejemplo. Es más, personalmente no conozco a ningún ser humano (incluyéndome a mí, por supuesto) que no haya faltado estrictamente a la verdad, por respeto a sus interlocutores o para evadir un asunto embarazoso de poca monta; es decir, “mentiras piadosas”.
El obispo Rubio, empero, traspasa los débiles límites del razonamiento lógico, para decirlo con presuntuosa elegancia, al pretender inducir a los electores hondureños que tampoco se dejen arrastrar por “los soberbios y ambiciosos”, peculiaridades que no sólo son características de numerosos políticos sino que, asimismo, se podría aplicar a la generalidad de los habitantes de una colectividad determinada, básicamente en lo que incumbe a ese sentimiento de superioridad sobre los demás y al deseo intenso de lograr conseguir poder, fama, notoriedad; particularidad que es consustancial de un político, empresario, deportista o profesional. De ese proceder son pocos los que se escapan, porque hasta padres de familia inculcan a sus hijos que sean sobriamente ambiciosos para prosperar en los estudios y negocios.
Y de ahí que el obispo hondureño necesitará de una lupa gigantesca para encontrar la aguja que busca en un pajar.
(Yo, el notario Romualdo Tishudo, acompañaré a mi compadre EV y a cuatro de sus secuaces a un corto descanso a la playa a partir de mañana. Doy fe).