Insaculación


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El director de la Comisión Internacional de Juristas, licenciado Cadena Rámila, se lamenta de que los magistrados de la Corte Suprema no hayan elegido presidente (Prensa Libre 10 de noviembre); lanza al mismo tiempo la sugerencia de que “escojan al mejor”. Excelente propuesta Ramón, solo que tiene dos inconvenientes: en primer lugar cada uno de los 9 candidatos cree que es el mejor y en segundo lugar ¿Qué se entiende como el mejor?

Luis Fernández Molina


¿Mejor para qué? Puede ser el mejor para operaciones administrativas, para análisis jurídico, para relaciones públicas, para cohesionar el grupo tan fraccionado, etc. Por ello, a pesar de esos buenos consejos, siguen las rondas sin definir a un presidente para lo que queda de este año que también es lo que queda de este período quinquenal de la Corte Suprema.

La sombra oscura no se proyecta tanto sobre esta Corte que, como indico, finaliza y entrega en 9 meses. El problema cierne sobre las futuras Cortes, pues ya está marcado el atajo que lleva a este tipo de atascos. No va a ser ninguna sorpresa que los factores externos –léase influencias– van a manifestarse con mayor protagonismo en las próximas Comisiones de Postulación e, igualmente, no nos extrañe que en las subsiguientes elecciones en lo interno de la Corte se presenten los mismísimos problemas que hoy día nos aquejan.

Tratando de buscar una solución la Corte de Constitucionalidad ordenó (a la que supuestamente es “suprema”) que se reunieran todos los días hasta elegir presidente. Es una solución tangencial porque no se trata de que se reúnan sino de que elijan. Por eso diariamente se repite el mismo libreto aburrido y anticipado: 7 votos contra 6.
El analista Pedro Trujillo propone a su vez que se proceda a un sorteo (A las 8:45 viernes 15 noviembre). Siendo, como es, que los 9 candidatos están previamente calificados, cualquiera de ellos tiene las capacidades para ser presidente. El problema del sorteo en general radica en que pueda favorecer a una persona sin méritos ni características para un puesto. Pero este no es el caso, los 9 son juristas que han pasado por un largo proceso de selección que empezó cuando presentaron sus expedientes –junto a otros 400–, pasaron las pruebas de las comisiones y finalmente fueron escogidos por el Congreso de la República.
La idea de Trujillo debe tomarse en consideración, no solo para la elección de presidentes de las Cortes sino que también para muchas otras selecciones.  Por ejemplo que las Comisiones de Postulación expurguen los 500 expedientes (que se esperan van a presentarse) y seleccionen a los 26 finalistas y de éstos se proceda a un sorteo para definir a los 13 magistrados.  Después de todo la referida comisión depuró el listado y escogió a 26 calificados, de los cuales cualquiera podría ocupar el puesto. Lo propio podría decirse de los finalistas en la elección del Fiscal General o del Procurador de los Derechos Humanos (en ambos casos de una terna), o del Contralor General.

El sorteo se ha venido utilizado en temas formales desde tiempos inmemoriales (conocido como insaculación, porque los nombres se inscribían en piedras o tablillas que se introducían en un saco) y no debe sernos extraño tal suerte,  de hecho para la integración de Cortes, hasta la propia Corte de Constitucionalidad, se acude, sí, al azar,  al igual que muchas comisiones del Organismo Legislativo y otras entidades. ¡Cuántos “trances” nos ahorraríamos si aplicáramos este sistema! Los favores no serían tan directos como tampoco los compromisos si dejamos que la última elección quede en manos del destino o de Dios.