La primera está dedicada a servir a los demás y a dedicarse a las tareas del hogar, pero no del propio, sino a limpiar la casa de extraños, pues desde hace mucho trabaja como doméstica; probablemente no avanzó mucho en los estudios –si es que llegó a estudiar– y está acostumbrada a trabajar de sol a sol a cambio de un salario que no compensa todo su esfuerzo.
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Ahora es colaboradora eficaz en el caso de la desaparición de Cristina Siekavizza, en el que aportó un testimonio determinante para dirigir las primeras investigaciones y recabar pistas para intentar esclarecer el crimen.
La segunda, por otro lado, fue una figura destacada en el ámbito social y político del país, ocupó uno de los cargos más importantes en la administración pública en el sector justicia y por eso fue merecedora de respeto y reconocimientos.
Sin embargo, en el Caso Siekavizza fue acusada de obstrucción de la justicia, aunque después se le cambió ese delito por el de amenazas; en vez de ayudar a saber la verdad y contribuir para aclarar la trama de la desaparición de Cristina, a pesar de todo su poder e influencias, sus acciones no han ayudado al trabajo de los investigadores.
Aunque las dos actitudes devienen de situaciones completamente distintas, porque la primera aceptó ayudar en el caso para librarse de un proceso penal y la segunda actúa por un vínculo emocional con un presunto implicado en el caso, creo que es meritorio hacer ver el papel que estas mujeres han jugado en el caso Siekavizza.
La que supuestamente había entregado su carrera al servicio de la justicia no ha ayudado a resolver el caso y la otra, dedicada exclusivamente a trabajar para sobrevivir, aportó un testimonio crucial para la justicia.
A menudo me encuentro con personas que aún creen en que Guatemala puede cambiar y creo que eso está bien; el problema es que muchas veces centramos todas nuestras esperanzas en las personas menos adecuadas y resulta que los que tienen más poder e influencia son los que menos aportan al país, y viceversa.
Muchos creen que dentro de un selecto grupo de magistrados aparecerá el que sacará adelante al Organismo Judicial, de la misma manera que piensan que el Presidente que cambiará a Guatemala se encuentra entre la clase política.
Aunque esa sería una salida muy fácil y conveniente para resolver nuestros problemas, la verdad es que esa parece una idea irreal e inviable, porque no se observa voluntad en ninguno de esos dos ámbitos de poder para cambiar las cosas en el país.
En cambio, sí creo que entre la ciudadanía, la gente honrada y trabajadora, puede haber agentes de cambio que se comprometan con Guatemala. No dudo que entre los albañiles, domésticas u obreros haya guatemaltecos que sueñen con la justicia social, la igualdad de oportunidades y la garantía del acceso a la justicia para todos, y posiblemente si tuviesen la oportunidad de generar un cambio para el país, lo harían.
No quiero decir que toda la gente trabajadora solo piense en el bienestar colectivo y se preocupe por el país.
El mensaje es que si queremos un cambio para el país, éste debe empezar por los ciudadanos, los que trabajamos y no ostentamos el poder, pero que estamos cansados de la corrupción, la pobreza y la inseguridad, y dejemos de esperar a que la clase política o los grupos de poder algún día hagan algo.