¡Y los dólares caen desde el helicóptero!


Edgar-Balsells

Unos escuetos y poco claros reportes de prensa informan que en un área de retorno de la Avenida de las Américas fue localizado un vehículo abandonado, en cuyo interior las fuerzas de seguridad encontraron 400 mil dólares. La noticia menciona la contribución de “una llamada anónima” al teléfono 110 de la Policía Nacional Civil. El vehículo era un Mazda MPV3. Y en el cúmulo de eventos de la semana, el suceso pasa desapercibido.

Edgar Balsells


Una semana atrás se reporta otro hecho de similar naturaleza en donde la suma encontrada a un conductor en la Carretera Panamericana es de poco más de un millón de dólares; mientras que dos semanas atrás se intercepta en Morales un furgón misterioso que venía de la frontera catracha con un vasto cargamento de cocaína, manejado a control remoto talvez, porque nadie fue apresado.

Más que el trillado tema de la “seguridad ciudadana” interesa comentar lo que podría denominarse como la “Economía Política del crimen”, y los efectos que ello está teniendo en la tan cacareada “estabilidad macroeconómica, a la guatemalteca”.

Habría que hilar fino entonces y ponerse a pensar cómo estos dólares que caen, como en helicóptero, se internan en la economía y alimentan los mercados de: bienes raíces, caballos pura sangre, gallos de pelea y los condominios que proliferan desde La Cañada hasta Marajuma, Gualán o La Estanzuela.

La primera conclusión apunta a que prevalece un amplio mercado callejero de dólares que, como los estudios empíricos lo demuestran para Guatemala y otras latitudes: “Sigue las señales del mercado regulado y se ajusta a sus precios”. Así, si el quetzal se cambia a 7.80 por dólar, el mercado negro, ni lento ni perezoso sigue esa referencia, con pequeños diferenciales.

Y si sucediera, como en Argentina en estos momentos, en donde el mercado oficial del dólar evidencia una escasez de reservas internacionales y de entradas oficiales, el famoso mercado negro comenzaría a lucrar de sobremanera, como también lo harían los cambistas en la séptima avenida y en diversas esquinas, desde Coatepeque hasta La Hachadura, pasando por Cobán.

Lo cierto es que vivimos una bonanza de dólares: por un lado la Junta Monetaria mantiene la tasa de interés de corto plazo en un cinco por ciento, mientras que en el mundo desarrollado dicha tasa sigue besando el suelo. La lógica de ello para los grandes capitalistas nacionales es la de colocar una fracción en el suelo patrio, aprovechando la garantía de los valores públicos que se les ofrecen, a través de sus propios bancos y financieras que controlan.

Y entonces, todos felices, como unas perdices: importamos desde Porsche Cayenne hasta computadoras y celulares de altos vuelos, a precios módicos, gracias al tipo de cambio. La Cámara de Comercio y Finanzas no dicen ni pío ni por asomo en torno a los riesgos que se avecinan. Y el Banco de Guatemala, con su modelito, atrayendo dólares, mientras que las pérdidas de tales movimientos las pagamos con creces los contribuyentes.

Y de pasada, como la producción decae y las exportaciones no se estimulan con dicha situación, la diáspora del norte continúa a pesar de las deportaciones. Entonces también las remesas fluyen, confundiéndose con lo que Chepe Zamora denomina: “Los frutos de ese polvo blanco que no es harina”.