Aceptémoslo, somos un país violento y cruel. En las comunidades primitivas, al culpable de una crisis se le sacrificaba, dándole muerte. De igual forma en la sociedad contemporánea, al que se considera culpable se le eliminaría con la ilusoria aspiración que con ese hecho llegará la paz, sin embargo dicha tranquilidad aparente solo servirá de escenario para gestar más violencia. El anterior razonamiento es la síntesis del pensamiento del filósofo René Girad sobre la violencia.
El desarrollo de su teoría se basa en el concepto de mímesis, según la cual los seres humanos desarrollan relaciones de deseo y apropiación a partir de la similitud, de la competencia y la rivalidad. Girard defiende con contundencia que nuestro razonamiento no es a partir de la “diferencia” sino de la “similitud”. La violencia pues deviene de la mímesis entre las personas, entre las culturas, entre los países, entre los grupos sociales, entre un gobierno y sus ciudadanos. ¿Qué tiene de diferente el caso de Roberto Barreda y la presunción de asesinar a su esposa Cristina Siekavizza, con los miles de crímenes que suceden cada año en este país? en estricto sensu nada, los móviles son similares, la vulnerabilidad del sistema de justicia es la misma, la crueldad del presunto hecho es igual y las complicidades se desbordan en similitudes a otros casos. Sin embargo, el caso Barreda-Siekavizza tiene un par de ingredientes que lo convierten en un proceso singular del que el aprovechamiento será total. Una madre encubridora que no es una sencilla cómplice, fue la Presidente del Poder Judicial; segundo, los actores involucrados pertenecen a un estrato social con las suficientes influencias para movilizar a determinados intereses. Y finalmente, quedó expuesta la contradicción de una moralidad de tinte conservador fundada en valores cristianos, como los de la mayoría de esta sociedad, con este caso. Plantea Girard que la violencia derivada de la mímesis tiene expresiones interpersonales que se reflejan seguramente en la política de Estado, que pueden adoptar la forma de una relación modelo-discípulo. La historia de Guatemala da cuenta de líderes autoritarios hasta la bastedad, la guerra de los treinta seis años en el siglo pasado, exacerbaron esa lógica bajo la cual se impone la violencia como forma de Estado. Los ciudadanos han construido su referente a partir de ese modelo en el que prevalecieron la arbitrariedad, lo despótico, la bota, sobre relaciones más democráticas y horizontales. No es casual que en las mediciones de varias iniciativas sobre la cultura democrática, este país constantemente exprese su adscripción a una opción autoritaria para dirigir el Estado; la misma opinión prevalece aún en generaciones nuevas o jóvenes que nacieron en época “democrática”. Así pues líderes y ciudadanos, modelo y discípulo han construido a lo largo del tiempo una relación mimética que inexorablemente se desnaturaliza cuando el ciudadano intenta a toda costa imitar o aspirar el modelo violento que ha aprendido como forma de Estado, es decir el ejemplo de padres autoritarios, o los valores del control y autotalitarismo. La mediatización del caso Barreda y su eventual condena le sirve al Gobierno de turno, es completamente oportuno para mantener la coherencia del programa de la mano dura, es un resultado que ofrecer en medio de un desgaste político muy fuerte con señalamientos de corrupción, es el culpable sacrificial del que se hace un show mediático que llevará a todos los rincones, los capítulos de un caso en el que la Ley impondrá la paz, aunque ésta solo sea aparente.