Algo insólito está ocurriendo en medianas esferas gubernamentales, porque en el lapso de tres días dos extravagantes funcionarios que encabezaban sendas instituciones del Estado fueron fulminantemente destituidos por el presidente Pérez Molina, cuyas decisiones levantan cierto grado de optimismo en lo que respecta a que no sólo se despide a empleados de cuarta y quinta categorías, como ocurrió en la SAT hace varias semanas, sino que también pareciera que el mandatario está dispuesto a barrer con burócratas corruptos de alguna jerarquía.
En el caso del cese del que hasta principios de la semana anterior era el interventor de la Dirección General de Aeronáutica Civil, general retirado Roberto Efraín Rodríguez Girón, debió haber pesado en el ánimo del Presidente las noticias acerca de los gastos autorizados por ese militar en la contratación de asesores de imagen de un grupo allegado y selecto del personal femenino y la adquisición de artículos de belleza, mientras que se negó a pagar salarios y prestaciones laborales a jóvenes y señoritas no muy agraciadas que echó de sus trabajos porque se le dio su regalada gana.
El gobernante anunció que el despido del flamante brigadier obedeció a “Supuestos actos de corrupción” y que “Si hay necesidad de deducir responsabilidades” se procederá a hacerlo. Si Rodríguez Girón fue destituido imprevistamente es porque hay más que sospechas y de ser así debió haber sido consignado a los tribunales de justicia, y no limitarse a un simple despido; pero ya sabemos de las promesas y advertencias del Presidente.
Al otro funcionario que también lo mandaron a su casa o a instalar carteles, fue uno de esos estrambóticos personajillos que surgen de repente entre la histriónica casta política, que hace pocos años, cuando se aproximaban la recientes elecciones generales, cobró efímera celebridad porque se dedicó a colocar vallas en algunos sitios estratégicos, con esta chabacana leyenda “Todos los políticos son una mierda” (ustedes disculpen la grosería), presumiéndose que se llevó de corbata al entonces aspirante presidencial Otto Pérez, salvo que el ahora mandatario no se considere político, sino aficionado a la tauromaquia y la escatología.
El caso es que el individuo Guillermo Ruano, quien arrastraría un historial nada honorable, porque se vio envuelto en una triangulación de recursos estatales por Q3.6 millones para financiar la campaña del expresidente Álvaro Colom, fue designado por el apolítico de don Otto para hacerse cargo de la dirección del Instituto de Fomento Municipal; pero su remoción no radica porque hubiese cometido anomalías, según palabras del Presidente, sino “Por pocos avances en el tema del agua”, frase que se presta a diversas interpretaciones, porque lo mismo podría tratarse de la pasada época lluviosa o de la escasez de drenajes que conducen líquidos fétidos y excrementos, entre otras pestilentes materias, de las que se obsesionó el aromático Ruano.
(El subalterno Romualdo Tishudo, paisano de su jefe, le pregunta: -¿No se siente mal por hacer transas desde su cargo? El funcionario responde: -Sí, a veces me siento mal. Entonces acomodo mi silla ejecutiva y me siento bien).