Mucho más que ponerse los tenis


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El pasado 3 de noviembre se corrió en Nueva York una edición más del maratón de esa ciudad, la tradicional carrera, infaltable en cualquier listado de grandes maratones del mundo, se celebró con la asistencia de más de 50,700 corredores dentro de los cuales algunos chapines hicimos nuestro mejor esfuerzo por llegar a la meta.

Juan Antonio Mazariegos G.


Con un estimado de público asistente de dos millones de personas el ING NYC Marathon es el evento deportivo más visto, en vivo, del mundo, recorre los principales barrios de la Gran Manzana y convoca a corredores de los cinco continentes, en una prueba de resistencia, en la que a pesar de todo el bullicio y la algarabía que la ciudad genera, se disputa en la intimidad de la mente del corredor.    

Corredor aficionado de siempre, hace dos años nos planteamos con un excelente amigo la posibilidad de inscribirnos en un maratón, con más ánimo que conciencia y con muchos deseos  de plantear y superar nuevas metas escogimos prepararnos para Nueva York, ni idea de las complicaciones de la carrera, de la logística del viaje, ni mucho menos de los interminables kilómetros, lesiones, aprendizajes y sobre todo horas y horas de tiempo, sacrificio y preparación invertidos en tratar solo de superarnos a nosotros mismos. A lo largo de todo este tiempo de entrenamiento sufrimos el año pasado la suspensión de la carrera, situación provocada por el huracán Sandy que asoló Nueva York causando graves destrozos e inundaciones las cuales hicieron que las autoridades cancelaran el evento cuando ya nos encontrábamos en la ciudad.

Este año sin embargo el clima nos acompañó y con un cielo nuboso pero sin lluvia y una temperatura que oscilaba entre los 0 y los 7 grados centígrados emprendimos desde Staten Island la salida hacia Central Park.  Nueva York es una ciudad de inmigrantes, icono de apertura y bienvenida a muchos que han arribado a Estados Unidos por su costa, nos daba la bienvenida ahora a nosotros  los corredores, algunos profesionales, otros consumados maratonistas y la mayoría aspirantes a maratonistas que iniciábamos el cruce del puente Verrazano y que maravillados por la vista y la distancia contemplábamos lo que se nos venía por delante, 26.2 millas o 42.135 kilómetros en los que cuando menos yo iba a aprender mucho más de mí mismo de lo que jamás pensé que una carrera me podría enseñar.

Un maratón no se corre el día de la competencia, la carrera es solo la guinda del pastel, durante todo el proceso de preparación, durante todas las madrugadas, durante el proceso de entender cada una de las nuevas lesiones que me surgían, un fondo sí un fondo no,  se fue preparando y corriendo la carrera.

Las metas a lo largo del proceso y del evento también variaron, de un “si terminamos es ganancia”, pasamos a un “menos de cuatro horas es posible” hasta que los mismos kilómetros recorridos y las lesiones me llevaron a poner los pies sobre la tierra y con humildad me convencieron de que lo importante es disfrutarlo y terminar. El domingo, cuando finalmente crucé la meta en Central Park llegue detrás de muchos y antes que otros tantos, no importaba, había terminado y me había ganado a mí mismo, había superado mis dolores y mi lesión, pero sobre todo había comprendido que correr es más que una meta, es una forma de vida, es una estupenda forma de vida.