Cuando ha sido pertinente, me he autodefinido como trabajador de la palabra escrita y periodista asalariado, y aunque me dedico, asimismo, a otras tareas relacionadas con la literatura, sin que haya publicado alguna obra trascendente, no me considero un prestigioso o pasadero intelectual, de suerte que no miro con desdén -como he advertido que lo hacen con singular arrogancia algunas personas dedicadas a las letras- a un escritor, actor, productor y director de teleseries de entretenimiento, aunque sus comedias incluyen una sutil o burda dosis de denuncia social.
Se trata del mexicano Roberto Gómez Bolaños, creador del célebre Chespirito, Chavo del Ocho y compañeros, que durante una época de mi vida fueron motivo de diversión conjuntamente con mis hijos cuando eran pequeños.
Entre el chocarrero y escurridizo sarcasmo de sus personajes, que provocaron que soltáramos sonoras carcajadas o silenciosas sonrisas, recuerdo la escena en la que Kiko, al observar que el Chavo portaba consigo una caja de lustre (para trabajar de “bolero”, como le dicen en México a los que nosotros conocemos como lustradores) le contó que un limpiabotas conocido suyo se había convertido en millonario porque le abundó la clientela y como no se daba abasto contrató a un amigo, y luego a un tercero y a un cuarto hasta que se convirtió en millonario.
-¿Sólo por limpiar zapatos? Preguntó entusiasmado el chico de los pantalanes cutos y remendados, la apretada playera y la gorra al estilo andino. Kiko le aclaró:-¡No! Es que como compraba boletos de lotería, se ganó el premio mayor.
Me acordaba de ese frívolo pasaje televisivo cuando leí la forzada exposición de la vicepresidenta Roxana Baldetti, quien, obligada por las circunstancias, tuvo que romper el silencio que guardó durante una semana, ante la insistencia de entrometidos reporteros que insistían en preguntar sobre el origen de su fortuna personal, que versiones periodísticas han revelado que asciende alrededor de 13.5 millones de dólares o quetzales (no recuerdo la denominación monetaria con precisión).
La señora Baldetti se negó a proporcionar su declaración jurada, esgrimiendo que “lo prohíbe la ley”, aunque no está vigente norma alguna que vede una decisión de esa naturaleza.
Ante la duda de que una guatemalteca que previamente habitó modesta casa en la popular colonia Primero de Julio, quien después fungió de diputada durante dos períodos y que ostenta el cargo de Vicepresidenta desde hace 19 meses haya ahorrado de sus sueldos una suma tan exagerada, en concepto de patrimonio personal, incluyendo el valor de dos residencias en áreas exclusivas de la capital, una valiosa casa de campo en hermoso paraje de Chimaltenango y otro lujoso inmueble en playas del Pacífico, además de ser presunta propietaria de un helicóptero y un avión, la alta funcionaria aseguró que sus bienes son producto de una fábrica de shampoo de su propiedad que expandió y de préstamos bancarios que aún no ha cancelado.
(El televidente Romualdo Tishudo asevera que la explicación de la Vicepresidenta es tan convincente como el hipotético caso del lustrador convertido en millonario).