John Sutcliffe es un excelente comentarista deportivo de una cadena internacional. Prácticamente aparece todos los lunes en la cobertura del Monday Night del futbol americano. Tiene el privilegio de entrevistar a las luminarias de ese deporte típicamente estadounidense que cuenta con muchísimos fanáticos en todo el continente entre los que me incluyo, seguidor por siempre de los Vikingos de Minnesota. A pesar de los nombres Sutcliffe habla perfecto español y, supongo que es mexicano como puede deducirse de su acento.
En las rondas preliminares –que por cierto fueron interminables— al juego que habría de celebrarse en San José, Costa Rica entre el equipo anfitrión y la selección de México, en una mesa en que había varios panelistas Sutcliffe, haciendo eco del sentimiento de los demás periodistas mexicanos, preguntó a el único tico del panel, del por qué del odio que se sentía por lo mexicano. En su respuesta el aludido fue incorrecta, hizo referencias de manera tangencial: que existía mucho favoritismo a favor de las selecciones mexicanas, que han tratado de imponerse, etc. Lamentablemente se dejó llevar por la falacia que, sin quererlo ni mala intención, escondía la pregunta. En otras palabras la pregunta podía entenderse en un contexto general y en otro exclusivamente deportivo. Son dos planos diferentes y es importante demarcar esa diferencia para evitar que afloren las pasiones como sucedió en Centroamérica con el muy lamentable caso de la llamada guerra del futbol, en 1969 que, igualmente por acudir a un campeonato mundial enfrentó a dos países hermanos: Honduras y El Salvador. El comentarista tico debió marcar el hecho de que la agitación, la exaltación, que era encendida y obvia, se circunscribía al plano deportivo, a la competencia por los puestos en la copa del mundo, al privilegio por sentirse el mejor equipo.
Es cierto, históricamente hemos tenido disputas territoriales, intereses nacionales encontrados, competencias comerciales, protagonismos y nacionalismos que de alguna forma nos separan, pero son muchos más los elementos que nos unen. Por eso, salvo alguna excepción que respeto, no se albergan sentimientos contrarios hacia nuestro vecino del norte. Dejando a un lado esos casos, la mayoría de la población siente aprecio y cercanía con lo mexicano. Compartimos muchas cosas. En primer lugar un territorio muy parecido. Étnicamente somos prácticamente iguales. Los mariachis son constantes acompañantes en nuestras celebraciones y a grito abierto entonamos las canciones. Son innumerables los devotos de la Virgen morena, la Lupita. Igualmente ¿Quién no se habrá despertado con las mañanitas en el día de su cumpleaños? La mayoría de quienes hemos tenido oportunidad de visitar hemos sentido la hospitalidad de sus habitantes en especial en aquellas comunidades del interior de ese país.
Por lo tanto a la pregunta de Sutcliff el costarricense debió ubicar en contexto la pregunta: no existe odio hacia México, existe una rivalidad deportiva, futbolística bien marcada en especial entre esos dos países que, con Estados Unidos, se disputan la hegemonía del deporte en el área. Costa Rica, que no arriesgaba nada, ganó el juego con muy buena estrategia en el campo y con mucho pundonor deportivo e igualmente Estados Unidos, que tampoco arriesgaba nada, ganó su juego en Panamá y de esta forma descalificó a los canaleros y benefició a los charros. Cualquiera de esos dos equipos ganadores pudo “bajar ritmo” para quedar bien con el contrincante directo, pero ninguno lo hizo. Una actuación digna de resaltar. Esos sentimientos son los que debe promover el deporte al igual que la armonía; no deben rebalsar las emociones más allá de lo que es en el fondo: un juego entre países hermanos.