Vidas paralelas: Schubert y Schumann


celso

Continuaremos este sábado exponiendo algunos criterios sobre la música de Franz Schubert y su incidencia en la Historia de la Música Occidental. Veamos ahora la opinión de uno de los musicólogos y músicos más connotados del mundo occidental: Camile Mauclair, el poeta de la música occidental, ya que ambos compositores son digno marco del sonido sublime de Casiopea, esposa dorada, alegría deshojada, luz que me aprisiona, sonoridad de fuente, enhiesto trigo maduro y alta estrella de mar danzante en la constelación Marte, dulce caracola posada en mis oídos.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela


Veamos, pues, que opina Mauclair sobre nuestro compositor homenajeado:
    “No es mi intención trazar la biografía de Schubert y Schumann -señala Mauclair- ni establecer la preeminencia de uno o de otro. No se rebaja el mérito de Schumann haciendo constar lo que debió a su predecesor: él mismo lo manifestó en los términos más nobles y conmovedores. Solo que la calidad de sus almas fue distinta y determinó en ellos, deseos de técnicas diferentes. Pero su rasgo común es precisamente que en ellos la técnica fue producto inmediato de la sensibilidad, y ante todo quisiera hablar de esta sensibilidad, considerando tan sólo aquellos datos biográficos que sean útiles para ese estudio de su estado del alma.
   
    Además, aunque no os repugnara la pedantería de los comentarios y de las explicaciones estéticas, ya comprenderéis que aquí sería particularmente inoportuna. Estamos acostumbrados desde hace algún tiempo, a los discursos de los técnicos que hablan de la música como lo harían de álgebra y encuentran en esta álgebra todo su placer. La música les interesa infinitamente menos que la manera cómo está hecha.
   
    Solo nos dejan los residuos de la música, es decir, la alegría, los escalofríos, los ensueños que provoca la sonoridad, sin que seamos capaces de justificar nuestras lágrimas, de cifrar nuestro entusiasmo, de clasificar nuestros sueños o de analizar nuestra exaltación. Para ellos la ciencia; la emoción para nosotros.
   
    No sé en qué concepto tendrán estos la técnica de Schubert y de Schumann, aunque mucho me temo que la encuentren imperfecta y anticuada. Sea anticuada, si así lo quieren. Porque se trata de dos hombres que comulgaban con el sol, con la primavera, las flores, los pájaros, todas esas quimeras del sentimentalismo de las que se ha hecho burla sintetizándolas bajo el nombre de “florecillas azules”. Uno de ellos, Schubert, murió de agotamiento a los treinta y un años; el otro, Schumann murió loco a los cuarenta y seis.
   
    No eran ni sabios ni refinados. Para ellos, el primer impulso era el mejor. Schubert improvisaba así que un poema le gustaba. Escribió la “Margarita hilando”, a los dieciocho años y el “Rey de los Alisos”, después de leer tres veces los versos de Goethe. Al morir de treinta años, dejaba seiscientos lieder, además de su innumerable música para piano, para orquesta y de cámara. Y casi toda la música para piano de Schumann la escribió entre los veinte y los veintiséis años. Los modernos emplean más tiempo en lo que hacen. Es que la florecilla azul no satisface su deseo de orquídeas y lo vulgar les desagrada.
   
    Concedámosles todo esto sin discusión, inclinémonos ante su severo escepticismo. Admitamos que quienes escribieron la Sinfonía inacabada, la Sinfonía renana, el Manfredo, eran escritores para orquesta mucho menos sabios y documentados que algunos contemporáneos cuyas arquitecturas sonoras, de una perfección inconmovible, tienen el inconveniente de aburrirnos a veces un poco. Lo vulgar molesta a esos refinados a quienes Schubert y Schumann no logran satisfacer. Ahora bien: nuestra vida se funda en cierto número de vulgaridades. ¿Hay algo más vulgar que el amor? Ellos eran adictos al amor.