Nuestros políticos juegan sillas musicales


Oscar-Marroquin-2013

Cuando existe un verdadero sistema de partidos políticos es difícil ver que se produzcan acciones de transfuguismo porque los miembros de las organizaciones están allí por convicción y principios ideológicos que les identifican con la línea partidaria y una renuncia significa también renunciar a esos valores que les llevaron a afiliarse a la formación de su preferencia. En cambio, cuando no hay ni principios, ni ideología, ni aspiraciones comunes en favor del pueblo, mudarse de partido es tan fácil o conveniente como cambiarse de tacuche todos los días porque no se compromete nada y al final de cuentas se trata de un gesto utilitario y nada más.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


En Guatemala el Congreso es un gigantesco juego de sillas musicales en donde cuando termina de hablar con su voz pausada el Presidente, muchos legisladores corren a buscar una curul vacía que les pueda asegurar su permanencia en esa instancia donde se mama y se bebe leche. Si alguien se pasa del partido de Gobierno a otro es simplemente porque necesita asegurarse su espacio para la futura contienda y ve que los mismos se cierran por el apretacanuto que se vive ya por estos días cuando empieza la pública subasta de las candidaturas. Hay plazas más baratas en partidos con menos afiliados y posibilidades mayores de ocupar posiciones a la cabeza de los listados, lo cual es un atractivo importante para quienes ya no saben vivir si no es gracias a la teta del Estado.
 
 Hace unas cuantas décadas en Guatemala no ocurría lo mismo porque ira impensable que un liberal se pasara al bando de los conservadores. Ningún liberacionista se pasaba al Partido Revolucionario para lograr ventajas y tampoco ocurría a la inversa porque los dos partidos, con raíces profundas en el conflicto ideológico de 1944 a 1954, se nutrían con gente convencida de que cada uno de ellos representaba, en realidad, la expresión de la llamada Revolución de Octubre y de la contrarrevolución del 54.
 
 Hoy en día nadie siente ese compromiso ideológico ni cuentan en absoluto los principios y creencias. Por el contrario, aceptamos como válido que los políticos se muevan y desplacen de un partido a otro sin que sufra el grupo abandonado ni se enriquezca realmente el que acoge al tránsfuga.
 
 Y como no hay ideologías ni visiones claras que se definan por una línea política inspiradora de la actividad, lo mismo da elaborar un plan de gobierno para uno que para otro. Las cosas son rudimentariamente sencillas en nuestra arena política porque lo mismo se puede trabajar hoy para grupos elitistas que para los de más ramplón populismo sin que nadie haga ni cara de asco ni muestre su desaprobación.
 
 Los acuerdos entre políticos como los nuestros son precisamente pactos que se hacen para romperse porque no existe ningún valor que les dé sustento y los haga perdurables.
 
 Distinto sería si a la renuncia de un diputado surgiera, por lo menos, una declaración sólida en la que se sustenten las razones por las cuales se decide cambiar de partido. Si alguien saliera diciendo que está decepcionado de la corrupción, de la forma en que se comportan sus compañeros de partido y que se traslada a otro porque es modelo de transparencia, puede pasarse por alto el tema ideológico porque en medio de la uniformidad del pensamiento político dominante en el país, por lo menos alguien muestra interés por los valores. Pero qué va… el asunto no va por ese lado porque si realmente se quiere ser consecuente con la transparencia, con la decencia y con la honestidad para resguardar los principios, no quedaría otra que colgar los hábitos y abandonar la actividad política que, en nuestro medio, no tiene espacio para ese tipo de gente.