Uno de los aspectos que más cuestiono de los Acuerdos de Paz, es que a pesar de que su intención y esencia eran buenas, terminaron siendo un pacto entre élites que valió para que únicamente quienes lideraban al Ejército y a la Guerrilla, pactaran un cese al fuego para llevar agua a su propio molino.
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Aquellos actores (de ambos bandos) terminaron algunos como “hombres de negocios”, asesores internacionales, otros en la política, algunos como diputados, funcionarios y hasta uno de ellos, Otto Pérez Molina, alcanzó la Presidencia de la República. Pero las condiciones de los soldados y combatientes guerrilleros del más bajo nivel, siguen siendo iguales o peores de lo que eran cuando luchaban creyendo que defender la institucionalidad o acabar con ésta para dar paso a una nueva vía, les iba a cambiar la vida.
Y traigo todo esto a colación porque estimo que estamos viviendo tiempos de preguerra en plena postguerra. Ahora es muy frecuente escuchar que hay personas que están lucrando para sembrar odio y terror, utilizando la descalificación como la mejor arma, pero hay que decir que eso ocurre tanto en la izquierda como en la derecha.
Dicen los de la derecha que los izquierdistas reciben financiamiento de países europeos y que gracias a ellos, es que logran estar presentes en casi toda la conflictividad social; la gente de izquierda dice que los derechistas han logrado levantar financiamiento local para seguir generando una cultura de que el país es de unos pocos y creo que el caso de Ríos Montt fue muy elocuente en ese sentido.
El problema es que la mayoría de dirigentes de uno y otro bando están más enfocados en su figura personal, procurando sus propios beneficios y los de sus financistas, que en abordar los problemas con el afán que el país y las grandes masas marginadas puedan salir adelante; el problema es que nunca debatimos el cómo solucionar los grande problemas del país porque la conflictividad es negocio para ambos.
Como vivimos en un país donde todo se hace a base de mordida y tráfico de influencias, se ha dejado por un lado la sensatez que nos permita entender que, como en toda negociación, hay partes en las que todos debemos ceder con el afán de poder establecer acuerdos mínimos que nos permitan enfrentar los grandes focos de conflictividad y alcanzar el ansiado desarrollo.
Es fácil leer los medios y darse cuenta dónde están los focos de conflicto y qué los genera y por eso es que es importante que entre tanta problemática puedan surgir voces conscientes que sirvan para allanar el camino en la búsqueda de soluciones, porque urge un relevo de los llamados líderes de ambos bandos, pues está probado que su liderazgo no se traduce en mejoras para aquellos a los que dicen representar.
Dentro de la Procuraduría de los Derechos Humanos y la Iglesia Católica, actores eternamente vistos como izquierdistas, hay personas sensatas, como los hay algunos en el sector empresarial y por tanto es importante que éstos puedan jugar un papel de liderazgo en el que incluso se atrevan a condenar lo irracional hasta en “su propio bando”.
Urge renovar liderazgos partiendo del punto que en Guatemala no podemos seguir alcanzando acuerdos efímeros que pasan por sobornar a los políticos y se sustentan en el tráfico de influencias. La conflictividad es negocio para muy poca gente que termina acumulando un poder nocivo, porque el mismo no se traduce en luchas que buscan el beneficio de las mayorías.
El hecho que los políticos y los dirigentes de diversos bandos de los conflictos estén en venta y recibiendo órdenes del mejor postor, no quiere decir que la mayoría de la población marginada no quiera desarrollo y progreso.
Por eso es que a mi juicio es necesario que se dejen por un lado a los actuales representantes de la derecha y de la izquierda para dar paso a personas o instituciones que con sensatez y sin odio puedan pensar en el beneficio del país y de su gente; un proyecto manejado de forma transparente, honrada e incluyente desde el principio, debe ser el motor sobre el que se logre el desarrollo social de una comunidad.