Hace unos años, un hombre decide regresar a su casa después de una borrachera, su imprudencia y la impunidad del Estado le conducirían por las carreteras de la muerte pero el aún no lo sabe. Se acercaba la media noche y esta persona de formación profesional en la medicina decide acelerar, el alcohol había empezado a hacer su efecto desinhibitorio y la noción de la velocidad hace parecer que se puede vencer el tiempo, un segundo es eterno así que se acelera a fondo, sus reflejos lo han abandonado pero él no lo sabe y ya no importa.
Una figura oscura de forma humana es golpeada por el auto del doctor; el impacto rompe seguramente en el acto, el cristal de la vida de un indigente que deambulaba a altas horas de la noche, igual que el piloto, sin sentido, casi sin reflejos por la precariedad y la depauperización.
El auto se descontrola y termina su carrera infernal en un semáforo que ya no marcaba ni rojo ni verde, sino el amarillo intermitente. El doctor es llevado al centro preventivo por la policía, pues se presume un homicidio culposo, le piden que afloje tres mil quetzales a cambio de dejarlo ir. Este aún con efectos del licor les grita que no saben con quién se están metiendo y se niega a pagar la cuota. En ese momento es entregado a los reos que controlan el presidio quienes le propinan una tunda tan salvaje que le causan la muerte. Días después un doctor aparece en el basurero de la zona 3. El servicio de basura era cobrado mes a mes indefectiblemente, el camión amarillo recogía las bolsas mientras la señora tocaba en las puertas para cobrar la factura por el servicio.
La clica de esa zona observó el potencial de rédito que representaba ajustar a las pequeñas empresas de extracción de basura; los avisos se volvieron extorsiones con amenazas y luego sobrevino el riesgo concreto de la vida. La señora dejó de cobrar y las bolsas de basura se empezaron a acumular en las calles, hasta que un día después de tres meses ella volvió, “vengo a cobrar el servicio” dijo con vos temerosa y con gestos de temor. Las amenazas de la clica le obligan a tener que cobrar cuando puede, y al hacerlo inmediatamente debe pasar el dinero a una tercera persona que espera la estafeta del monto en las esquinas, quien rápidamente se mueve para desorientar el acecho.
Había una vez un dentista que por azares del destino y por sus ambiciones más allá de la carrera odontológica, decide colgar la bata blanca y vestir el traje de combate de subdirector de las Fuerzas de Seguridad Civil. La amistad construida de años anteriores con el que sería el director, le llevarían a conformar una fuerza paralela de exterminio social desde la estructura formal estatal. Su primera vez fue un acto tan abrupto que algo se desgarró dentro de su ser, tuvo que vomitar y una mezcla hedionda de terror, asco y culpa lo saturó y lo dejó sin poder respirar. Después de ese día su virginidad asesina se había perdido para siempre, matar sería de ahí en adelante un acto mecánico que le impelía cada vez con más adicción, tanta como esta sociedad necesitara de limpieza.
En una escuela secundaria se impartía una charla de educación sexual y se advertía de los maltratos y los delitos relacionados con el abuso sexual. Al final de la plática una adolecente se acerca a las maestras y les dice que por lo que había escuchado, ella pensaba que junto a su hermana menor, habían sido objeto de violaciones sistemáticas por el padre y por el tío de ambas desde los cinco años.