Anteayer publiqué un artículo en el que abordé nuevamente el tema de la necesaria democratización de los partidos políticos y la redefinición de los distritos electorales, a sabiendas de que mi solitaria y aislada voz no encontrará eco, sobre todo porque no pertenezco a ningún grupúsculo, clan o capilla de la sociedad civil, que, como los colectivos partidistas, tampoco pueden presumir que representan a determinados sectores sociales.
No obstante o quizá causa de ese escepticismo personal, porque yo tampoco me arrogo imprudentemente la personería de pocos o muchos compatriotas, vuelvo a enfocar aspectos relativos al futuro del frágil sistema democrático de Guatemala, desde una perspectiva decididamente pesimista y hasta hostil, porque no vislumbro en el horizonte cercano ni mediato una corriente política que pueda contar con la visión y el capital humano, suficientes aunque modestos recursos financieros y el imprescindible idealismo de guatemaltecos que sumen esfuerzos y que se despojen de sus egoísmos individuales, para conformar un frente común que pudiera integrar a campesinos, obreros, indígenas, intelectuales, profesionales y pequeños, medianos y grandes empresarios imbuidos de sano nacionalismo y ajenos a exageradas codicias lucrativas, para procurar constituir una organización política de amplio espectro que persiga alcanzar el poder en búsqueda del bien común.
Mientras que los guatemaltecos nos limitemos a criticar severamente con legítimos y fundados razonamientos al actual gobierno, como lo hemos hecho con los anteriores, sin tomar la decisión de participar en un organismo cívico y político pluralista, tan pronto como el régimen que encabeza el presidente Otto Pérez termine su período y persista en cobijar a funcionarios y empresarios corruptos, así como en entregar a firmas transnacionales los recursos naturales no renovables o ceder parte de la soberanía nacional mediante encubiertas concesiones, vendrá otra fuerza política de la misma tendencia que ha gobernado al país durante las recientes décadas a relevar a los actuales funcionarios que se han enriquecido ilícitamente, para comenzar su carrera ascendente que los convierta en los nuevos socios de la plutocracia propietaria de la fincota llamada Guatemala, y devendrán en advenedizos y rústicos millonarios, a costa de la pobreza, la ignorancia, la exclusión y hasta la resignación de las clases tradicionalmente marginadas y engañadas.
Descartada la posibilidad de la unidad de las atomizadas corrientes izquierdistas democráticas, e incluso las teóricamente radicalizadas, quedaría la vaga ilusión de que sectores de esta misma orientación abandonen su envanecidos y anacrónicos dogmatismos y que intenten acercamientos con fuerzas del centro y aun de la derecha moderada, a fin de encontrar coincidencias y alejar prejuiciosas discrepancias ideológicas, con el objetivo de rescatar al país de las manos que conducen la ruta cada vez más violenta, intolerante y rapaz que nos está enrumbando a la plena esclavitud económica, emocional y espiritual a causa de nuestra negligencia, indiferencia y cobardía colectivas.
(El ocioso y reflexivo Romualdo Tishudo recuerda a Quino, quien puso en labios de Mafalda este pensamiento:-Lo ideal sería tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho; y así pensaríamos con amor y amaríamos con sabiduría).