Entre el numen de Schubert y Beethoven


celso

Este sábado continuaremos en “Temas Musicales” con nuestra apreciación final sobre la vida y obra de Schubert, el tímido, el Señor de los Ensueños. Diremos que Schubert siente con más fineza: el mar, el río, la montaña, se expresan diferentemente en su obra, y mejor aún, el mar tranquilo o furioso, el río amenazante o el arroyo que murmura, la montaña imponente o la suave colina. Bajo la melodía de sus lieds un acompañamiento pintoresco los encuadra o los envuelve, como una sutil atmósfera, como el alma de Casiopea, dorada y sublime esposa, que es primavera que vino a mí empapando de albas y luceros mi nostalgia. Vivo universo en que me pierdo dulcemente y tierna flor en que se afirma mi alegría.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela


Beethoven no sobrepasa la naturaleza: su vasto dominio le satisface, para Schubert es demasiado estrecha.  Se evade a regiones fantásticas: posee en el más alto grado el sentido de lo sobrenatural.
   
Beethoven nos ha dejado un esquema de un Rey de los Abedules.  Es en extremo interesante compararlo con el lied de Schubert.
   
Beethoven no se preocupa sino del drama, que por lo demás, traduce admirablemente.  Pero la poesía visionaria de Goethe se le escapa. Schubert no es menos dramático que Beethoven.  Se cuida mucho más del detalle de la mise en scéne: el galope del caballo, el viento en los árboles, el canto de los pájaros, la tempestad, todo el decorado y el total de la acción, son evocados admirablemente por su música.
   
Pero a todo ello se suma un cierto carácter misterioso, una presencia del más allá, en el acento vocal y en el colorido instrumental, de lo cual Beethoven no nos da en absoluto la idea.  Somos, en realidad, transportados a un mundo de apariencias y alucinaciones, de misterio y de genios diabólicos, en medio de visiones de pesadillas, creadas por la fiebre de un niño enfermo. Su  grandeza no expresa mundos nuevos.
   
Ahora, si no consideramos otra cosa que la música, en su acepción puramente técnica, ¡cuántas diferencias todavía entre Beethoven y Schubert, a pesar de sus analogías! Los mismos efectos de poder y de emoción, la misma grandeza trágica, obtenidos por medios opuestos, a veces.
   
En Beethoven, lo que hay de extraordinario, de excepcional, de único, es el poder dinámico y el ritmo. La melodía por sí misma, carece a menudo de interés; la armonía, generalmente es pobre, o más bien, la armonía es considerada como desprovista de un valor expresivo.  La armonía no es más que un sostén de la melodía, y el perpetuo modular de la tónica a lo dominante, tiene más que nada, un valor rítmico.
   
En Schubert, el ritmo es la más de las veces, mudo; la melodía, abundante, generosa, y la armonía adquiere una significación expresiva que anuncia a Schumann, Liszt, Wagner y Franck.  El acorde es buscado por sí mismo –no todavía por su color y perfume, como en Debussy; pero sí por su contenido emotivo, independientemente de la melodía-.  Y, ¡qué audacia de modulaciones, qué disonancias ya!  ¡Qué contraste de luces y de sombras! En Beethoven no encontramos todavía sino el romanticismo de un clásico.
   
El romanticismo puro comienza con Schubert, y, sobre todo, la necesidad de soñar, de escapar del mundo real, de huir a una zona que nos consuele, que nos salve.  Esta necesidad fue la de todos los grandes románticos, pero no fue la de Beethoven. Beethoven está sólidamente instalado en lo real y no se desprende de él.  De allí atrae todos sus sufrimientos, allí funda su dicha.  Beethoven no habría escrito jamás el “Doppelanganger”, ni “Ihr bild”, ni, “Nachtstuch”, ni, “Wanderer”.