Nuestra fría guerra civil


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Parafraseando un artículo del periodista mexicano Jesús Silva, quien escribió acerca de la problemática en la política mexicana, tomó como referencia el pensamiento de la filósofa alemana Hannah Arendt, quien indica que “todo acto de fuerza es un fracaso del poder, de acuerdo a ese pensamiento, la fuerza, más que un instrumento del poder, era para ella, su negación esencial; porque entendió la política como un espacio comunicativo: o sea la convivencia que proviene del diálogo, el hallazgo del propósito común y el respeto a las diferencias.

Fernando Mollinedo C.


Arendt quiso echar abajo esa tradición moderna que hace de la política un instrumento de subordinación,  la imposición de unos sobre otros. El poder auténtico no somete, coordina; no avasalla, concilia.  Por eso la política de Arendt era moral e intelectualmente exigente: requería de ojos que toleraran la realidad, capacidad de juicio, razonabilidad y aptitud para el diálogo. No sé si la perspectiva filosófica de Arendt sea del todo convincente pero en algo tiene razón: la fuerza es el fracaso del entendimiento.

El desacuerdo es un componente indispensable de la dinámica política. El desacuerdo es el choque que provoca movimiento, que sujeta al adversario, que ventila la historia. Pero el desacuerdo mexicano de las últimas décadas va más allá de la discrepancia. Hemos vivido una polarización profunda que incluso obstruye el conflicto. La polarización mexicana es la negación radical del otro, su demonización, su exterminio simbólico”.

En Guatemala, lo anterior no es novedad,  cada cuatro años se cambia el rumbo político hacia el supuesto desarrollo social y económico, pues cada equipo de gobierno cuando asume el poder lo hace eliminando de tajo los programas, planes y proyectos del gobierno anterior; ello porque –según ellos– dejarán una huella indeleble en el imaginario de la población con las “innovaciones” que traen en la bolsa y que desean aplicar para el beneficio del pueblo –dicen ellos– pero que en realidad son para el grupo de financistas de la campaña electoral. 

En nuestro país la polarización ideológica-armada que tenemos desde hace 59 años, se puede calificar como lo dice Jesús Silva, utilizando la expresión del periodista polaco Adam Michnik: “una guerra civil fría que tiene partido al país sin que haya una instancia, un poder, un instrumento capaz de vencer los tercos hermetismos. Sí, una guerra: hostilidad que no imagina conciliación, ni reconoce la victoria de otro. Es cierto que la política institucional ha encontrado una palanca de desempate, pero también es cierto que la polarización sigue tan viva como antes y quizá estimulada ahora con el antagonismo del parlamento y la calle.

Cuando hablo de la polarización no me refiero a la existencia de una dura polémica opositora, de una confrontación ideológica con vencedores y vencidos. Me refiero a la identificación del otro como el sujeto que debe ser aniquilado porque carece del derecho de existir.  La polarización anula al otro y rechaza la posibilidad misma del diálogo. No hay plaza para el imposible encuentro. El Congreso no es, para unos, sitio de la representación; la calle no es, para los otros, expresión legítima. Guerra civil fría”.

Entonces, los guatemaltecos que hemos vivido estos casi sesenta años de fría guerra civil, estamos cansados de la confrontación política, del asesinato político, de las desapariciones misteriosas de líderes sociales, de la descalificación social que hacen los sectores del poder económico hacia la población pensante, utilizando para ello las maquinarias electrónicas, propagandísticas, periodísticas y redes a su alcance para deslegitimizar la lucha de los sectores populares organizados.