La realidad supera la ficción. ¿No lo cree? El concierto reciente de Andrea Bocelli lo confirma. Algunos columnistas lo han puesto sobre la mesa: sobreventa de boletos, mala organización, una orquesta que finge ser la filarmónica, unos músicos venales, ausencia de seguridad, un cantante que se niega a cantar… todo un relajo que bien cabe en una novela surrealista.
Más allá de la ficción, sin embargo, lo importante son las lecciones que se puedan sacar para comprender no solo la naturaleza del mundo que habitamos (en particular la de sus protagonistas), sino aprender para conducirse con más sabiduría en la vida. Quizá eso sea lo conveniente al término de la tormenta y reinicio de nuevos ciclos.
Comencemos con lo de Perogrullo. El Concierto de Bocelli deja al desnudo la avaricia de los organizadores para quienes solo les importa el lucro. Obvio. Evidente solo en empresarios de nuestra ralea, formados en la escuela que todos conocemos, en donde la moral no tiene cabida. ¿Ánimo de servicio? ¿Interesados en la excelencia? ¿Satisfacer al cliente? Nada de eso. Lo primario es obtener ganancia.
Ese ánimo empujó a los responsables de la actividad al engaño. Primero, al no preocuparse por la calidad del concierto. Cualquier grupito de músicos, unas pocas voces improvisadas… No importa, lo fundamental es la búsqueda de utilidades. Al final, quizá piensan, el auditorio está lleno de serpientes sordas, fácilmente impresionables con la presencia del barítono.
¿Y si se resiente Bocelli? “Ya lo convenceremos”, dijeron, “difícilmente se echa para atrás un cantante con esas credenciales”. Sería hermoso entrevistarlo para conocer el sabor que le dejó su visita al país. No sería raro que por esos “empresarios exitosos”, según la vara con la que mide la escuela que ya todos conocemos, el cantante se haya mostrado parco el día del evento (según el testimonio de algunos testigos).
¿Qué se puede decir de nuestros músicos? Vergonzoso lo que la prensa ha dicho de ellos. Manifiesta que las cualidades humanas no cuadran con la calidad con la que ejecutan sus instrumentos musicales. Deja claro que les importa un pepino “la tal filarmónica nacional”. Que lo importante es el dinero y que no tienen escrúpulo en que la gente se entere de ello.
El Concierto de Bocelli enseña al público a no fiarse de los organizadores. A comprender la voracidad de su ánimo y las triquiñuelas infinitas que son capaces de hacer. Si todavía usted decide ir a una nueva propuesta, al menos vaya advertido y no muestre asombro frente a los desalmados. Diga que ya lo sabía y que todo es un eterno retorno.