Es evidente que muchos países tienen serios problemas con la violencia criminal, principalmente con la de tipo terrorista.
Guatemala viene sufriendo los golpes de esa violencia desde mediados del siglo anterior y se agravó la situación cuando empuñó las riendas del poder el general Miguel Ydígoras Fuentes, apuntalado por el partido político Redención.
En el curso del tiempo ha ido empeorando la situación de violencia en nuestra parcela centroamericana hasta hundirnos en el caos.
Ha habido delincuencia común y política, así como crímenes de lesa humanidad, virtualmente cada día que pasa.
En el exterior están viendo lo que acontece en nuestro turbulento país, lo cual ocasiona desconfianza entre los inversionistas de capital, los turistas potenciales y los que viajan por diferentes razones.
Todos los gobiernos que se han establecido por fas o por nefas desde mediados del siglo anterior a estas fechas, han tenido que saborear lo amargo de tan grave problema.
Actualmente, estamos asistiendo al recrudecimiento del caótico estado que motiva estos comentarios.
El presidente de la República, general Otto Pérez Molina, se ve abrumado adoptando medidas orientadas a frenar la violencia. Tiene asesores capaces de colaborar con sentido patriótico para asestar los golpes que imponen las circunstancias.
Al ministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, lo vemos en plena acción contra los criminales y delincuentes de toda calaña, lo mismo que a las fuerzas de seguridad del Ejército Nacional y de la Policía Nacional Civil. Han capturado a numerosos asaltantes, extorsionistas, violadores, ladrones y asesinos, y los han puesto en su sitio…
Hay personas que se entregan a la hipercrítica contra las autoridades superiores y de otras jerarquías, como ignorando el ímprobo esfuerzo que hace el Gobierno para dar al pueblo la seguridad que se requiere para que tirios y troyanos realicen sus actividades dentro de la normalidad.
Al respecto, cabe decir que criticar es fácil, incluso hasta lanzar sapos y culebras a quienes están en el poder; lo difícil para algunos es predicar con el ejemplo.
Debemos comprender y aceptar que los zarpazos de violencia ya tienen raíces muy profundas, por lo que no es posible lograr una solución de la noche a la mañana.
Al gobernante, ni a las demás autoridades, hay que atribuirles toda la responsabilidad de lo que está pasando en cuanto a la seguridad, al sistema democrático y a la paz del país, porque incuestionablemente están actuando para que los guatemaltecos podamos sentirnos tranquilos, dedicados cotidianamente al trabajo edificante que tanto se necesita para avanzar en los caminos del mundo.
Viene al caso indicar que cuando expresamos justo reconocimiento a lo positivo del quehacer del régimen gubernamental, nos exponemos a deletéreos y errados pensamientos de individuos que viven colocados de espaldas a las realidades y, de esa guisa, quisieran que sistemáticamente quienes se preocupan (o nos preocupamos) del diario acontecer, no diésemos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Y… algo más: Los elementos de la prensa independiente, no comprometidos más que con la patria y con el pueblo, hacemos honor a la ética profesional y, por lo tanto, estamos situados en el centro del tornado con imparcialidad, sin pensar, siquiera, mucho menos en aceptar migajas de soborno de nadie. Sí, ¡de NADIE! Somos enemigos jurados de las inmoralidades y de las desenfrenadas ambiciones en lo material.
Dicho lo que precede, sigamos adelante ya para concluir.
Nuestros compatriotas sensatos, no salpicados por el cieno de la politiquería del desprestigiado partidismo, demandan que se marque alto o, por lo menos, que se atenúe la horrible pesadilla de la violencia; mas, los susodichos politiquientos, al contrario, continuarán con sus andanadas cargadas de insidia contra lo que se está haciendo para que la población pueda vivir sin temores ni zozobras.