Antagonismo retórico


Eduardo-Villatoro-2013

Deliberadamente dejé transcurrir los días para abordar el tema referente a la celebración del 192 aniversario de la independencia política de Guatemala, para no contagiarme de dos corrientes de opinión claramente antagónicas, en lo atinente a la legitimidad de la celebración o la hipócrita conducta gubernamental desde su cúspide palaciega y de actores políticos oportunistas (con mis excusas por la redundancia), que aprovecharon la efeméride para procurar restañar su resquebrajada imagen pública.

Eduardo Villatoro


Como probablemente mis contados lectores lo pudieron percibir en la lectura de columnas, editoriales y los infaltables analistas que lo mismo desmenuzan con sus incisivos ejercicios mentales acontecimientos relativos al cambio climático, que al incremento de precios de los ejotes, lechugas y otras legumbres o verduras, pasando por los movimientos telúricos y las vertientes dialécticas que se desprenden de indigestiones verbales de funcionarios públicos, esta celebración constituyó un asunto que no podía dejarse pasar desapercibido para que, desde las alturas de sus cimas intelectuales, nos proporcionaran gratuitamente vetustas historias cívicas, ya sea confirmando lo que estudiamos en añosos textos de la escuela primaria, o refutando biliosamente las enseñanzas aparentemente deformadas de cándidos profesores de historia nacional en la secundaria.
   Desde mi particular, caprichosa e insubordinada interpretación de lo acontecido hace 192 años, y sin la menor intención de formar filas en uno u otro bando, soy de la opinión que algunos columnistas, especialmente, asumieron –como todos los recientes años desde que se desató la polémica en torno a esta conmemoración- una posición desmesuradamente patriotera en cuanto a exaltar hasta el paroxismo a los firmantes del Acta de Independencia, llegando a elogiar al desteñido Gabino Gainza, ya no digamos a los restantes llamados Próceres (así con mayúscula) cuando que, desde una posición cercana a la objetividad histórica y la difícil ecuanimidad, varias de estas figuras no hicieron más que responder a los intereses de los enriquecidos criollos, dignos precursores de los actuales oligarcas que disfrutan de sus rancios abolengos y sus fortunas dudosamente obtenidas, aunque otros pocos de aquellos que suscribieron el Acta Independista sí procedieron con auténtica aunque quimérica voluntad de forjar una nación libre y soberana, pero atada a los patrones dominantes de la burguesía liberal.
  
En el otro extremo, articulistas que se sintieron agredidos personalmente por el pujante y posiblemente ingenuo amor a la tierra donde nacimos, crecimos, sufrimos, disfrutamos y soñamos, expresada en desfiles cívicos con atisbos y caducos matices militaristas, pero sobre todo por las decenas de miles de jóvenes de uno y otro sexo, adolescentes y niños que, ajenos a las disquisiciones de los despreciativos y desdeñosos censores, iniciaron carreras de relevos desde el Obelisco, con destino a sus barrios, aldeas y poblados, portando con júbilo, entusiasmo y esfuerzo físico multitud de antorchas que iluminaron la tarde gris del 14 de septiembre calles y carreteras entre densa neblina, helada brisa y hasta copiosos chaparrones, con el ánimo de honrar a su manera el suave nombre de esta tierna patria tan amada, pese a la rabia y amargura de los exageradamente escépticos y de los hiperbólicamente falsos nacionalistas que curiosamente coinciden con sus antagónicos en el inmovilismo colectivo.
   (El juicioso Romualdo Tishudo me dice:-Hace tiempo que no había escuchado tanta catarata de disparates de falsedades y distorsiones históricas, como las que pronunciaron improvisadamente locuaces y torpes locutores de canales televisivos narrando lo que ocurría en la Plaza de la Constitución la tarde del sábado 14).