“Mientras estaba entre ellos sentía la amargura de un sonámbulo que no puede regresar entre los hombres reales porque no es capaz de despertar”.
Antes del descubrimiento cronológico “del” misterio, ¿sólo un misterio?, ¿por Galip?, a manera de otro engarce o incrustación como reforzamiento narrativo – argumentativo, Celal / Pamuk publica una carta “escrita por nuestro dictador de entonces”, o sea el General Presidente de Turquía, a uno de sus hijos.
Según antigua tradición, a semejanza de Harun al-Rashid, el General Presidente, disfrazado de campesino, sale de noche, solo, a reconocer Estambul. El momento propicio fue a las nueve y cinco, hora a la que murió Ataturk, ¿hacía cuánto?, y en que todos los demás relojes de la ciudad se habían detenido… Y aun así, ¿corría el tiempo?.
Al principio, según relata en primera persona, el General Presidente hace un recorrido callejero parecido al de Galip cuando inicia su odisea de una semana, dándose un baño de turquedad o de estambulidad, con mucho de mimetismo, y ciertas escenas muy humanas, vulgares en sentido de calidez comunitaria, hacen que se le llenen los ojos de lágrimas. (Inevitable recordar el rostro que lloraba ante su verdugo, y el discreto llanto del propio Galip ante las miles de fotografías coleccionadas por Celal, maliciosa morbosidad aparte).
Conforme se da cuenta al día siguiente, retrasar el toque de queda y poner en libertad a algunos detenidos por órdenes suyas no cambia las cosas: “… la inagotable tristeza de mi pueblo no se debe, como afirman algunos de mis opositores más superficiales, a la presión política, sino que brota de algo más profundo, de algo a lo que no debemos renunciar…”.
Mientras disfrazado de campesino el General Presidente es otro, en nuevo paseo nocturno descubre a su sosias (casi como si lo buscara) paseando a su vez en una lancha de motor, en el Bósforo; porque alguien debía suplantarlo – usurparlo, hacer las veces de él, quien no es sino él mismo, pero al verse en ese espejo onírico se imagina o adivina que juega –¿con el “otro” o consigo mismo?– una larga partida de ajedrez iniciada mucho antes, de toda la vida, en una sola noche, que pierde, por supuesto.
Lo irreal dentro de la realidad; la irrealidad de lo real… Una larga partida de ajedrez entre la llanura y la cumbre. ¿Quién es quién? Alegoría onírica, fuera del tiempo medido, sobre lo que puede ser el poder político. Casi todo poder político, con o sin disfraz democrático, deviene o termina por ser espurio. (El General Presidente estaba suscrito a la revista de ajedrez King and Pawn, Rey y Peón, y en la carta pide a su hijo o hija renovar su suscripción).