El ejercicio del poder muy frecuentemente estimula la corrupción de los funcionarios públicos y ese fenómeno, exacerbado a niveles sin precedente en nuestro país donde el motor de la gestión pública es el negocio en busca de comisiones y mordidas, se repite en muchos lugares del mundo. La diferencia fundamental está en que hay sociedades que no aceptan la corrupción y la castigan severamente y otras en las que el ladrón de los fondos públicos no sólo puede alzarse con ellos tranquilamente, sino disfrutar del dinero mal habido y de un espacio privilegiado en los círculos sociales.
En China se acaba de dar un ejemplo de cómo debe procederse ante un escándalo de corrupción. Bo Xilai era una estrella ascendente dentro del todopoderoso Partido Comunista y se le veía como un serio aspirante a los puestos de mayor responsabilidad en el país. Sin embargo, el poder lo deslumbró a él y a su mujer, quienes perdieron la dimensión al punto de incurrir en crímenes muy serios. La mujer ya fue condenada por el asesinato de un hombre de negocios y este fin de semana los tribunales emitieron la sentencia proverbial: Xilai recibió cadena perpetua por los delitos de corrupción, le han sido arrebatados todos los derechos políticos de por vida y el juez ordenó la inmediata confiscación de todos sus bienes.
Los observadores occidentales suponen que hubo presión del gobierno de Xi Jinping hacia los tribunales para endurecer la condena que se previó como una pena de quince años de cárcel. Como sea que haya ocurrido, lo cierto del caso es que para cualquier político o funcionario corrupto en China el mensaje que envió el tribunal es fuerte y claro. El ladrón será severamente castigado cuando se apropie de fondos públicos para su propio beneficio.
Y eso que estamos hablando de una de las potencias mundiales con mayores recursos, no digamos de un pobre país al que no le salen las cuentas para cubrir las ingentes necesidades sociales de un pueblo muerto de hambre y donde, a pesar de la pobreza y la miseria, los altos funcionarios no tienen empacho en ostentar públicamente su riqueza mal habida y se pasean tranquilamente en sus naves aéreas que les sirven para desplazarse de una a otra propiedad también mal habida y producto del saqueo del erario.
La diferencia en materia de corrupción no está en las tentaciones y ni siquiera en las oportunidades que se abren para algunos. La diferencia está en la reacción social y su reflejo en las reacciones de las autoridades. Donde hay impunidad e indiferencia, la corrupción crece inconteniblemente. Donde hay castigo, cualquiera piensa dos veces antes de meter las uñas.
Minutero:
En China un corrupto
va a la cárcel de por vida:
aquí, sin ningún exabrupto,
pueden darse la gran vida.