Ahora que estamos entrando a la era de la acción afirmativa y se plantea como novedad que los partidos políticos contemplen cuotas para darle participación a sectores que tienen poca representatividad, la primera opción ha sido para las mujeres, para las que se plantea una cuota del 50 por ciento de los cargos de elección popular. Por supuesto que habría que ver cómo se maneja finalmente la idea y si la igualdad tiene algo que ver con las posiciones en las respectivas planillas.
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Pero ya que se habla de cuotas, no hay que pasar por alto que en Guatemala hay otra minoría que es poco representada en nuestro escenario político y son los pueblos originarios que, a pesar de las buenas intenciones de los acuerdos de paz y de la corrección política que ahora prevalece, siguen siendo objeto de una fuerte discriminación que no es reconocida por la sociedad. Si hacemos una encuesta entre los guatemaltecos ladinos respecto a si en el país existen formas de discriminación, seguramente que la mayoría dirá que no, que aquí de acuerdo a la Constitución todos somos iguales en dignidad y derechos, pero la práctica es diferente a nuestra Carta Magna y no únicamente en el tema del racismo.
Ahora bien, el avance más serio que podría significarnos el sistema de cuotas es que al menos se asignara un diez por ciento de los cargos sometidos a elección popular a gente decente, honorable, trabajadora y con deseos de servir al país. Ese sería seguramente el más revolucionario cambio que podría darse en nuestro sistema político de representación popular, puesto que marcaría notable diferencia con lo que actualmente tenemos. Diez por ciento puede sonar a poco, pero la verdad es que en términos relativos sería un incremento astronómico con relación a lo que tenemos y hemos tenido en los últimos años.
Hace mucho tiempo que se abandonó el concepto de que los políticos del país eran los ciudadanos preparados, honestos y patriotas con deseos de servir al país. Hoy en día si existe uno de esos, será tildado de pendejo y baboso por sus pares, porque no se estila que nadie aspire a un cargo de elección popular si no es para irse a armar, a resolver su problema económico de por vida y convertirse en potentado.
Yo recuerdo que cuando Cerezo llegó a la presidencia hubo un escándalo porque Vinicio comentó que una viejita de la familia le había dicho que robara pero no mucho. Eran otros tiempos porque todavía se pensaba que aprovechar la oportunidad de un cargo público era, si mucho, para levantarse unos cuantos centavitos. Hoy en día hasta ese “avorazado” criterio desapareció porque no se puede uno imaginar a alguien que llegue con la idea de robar poco. Aquí es de clavarse todo lo que le pongan enfrente y hacer el negocio que se pueda a sabiendas de que ya es parte de la costumbre y que nadie se molesta ni se indigna porque así se comporten nuestras autoridades de todo nivel, desde el simple agente de policía hasta el más encopetado mandatario, pasando por el alcalde del pueblo o de la ciudad que se especializan en hacer de las suyas.
Imaginemos por un momento lo que sería de distinto nuestro congreso si diez por ciento de diputados fueran parte de esa especial cuota apartada para la gente decente. Imaginemos si entre los ministerios hubiera uno, por lo menos, que no se deje llevar por la corriente de la corrupción. Imaginemos la fortuna de tener unos cuarenta alcaldes en todo el país que no sean ladrones. Una cuota del diez por ciento haría gran diferencia.