El 11 de septiembre de 1973, militares traidores dirigidos por Pinochet atacaron al Presidente Salvador Allende en el Palacio de la Moneda. En películas se puede ver el bombardeo con aviones de la fuerza aérea, además de ataques desde tanques y tropa. Después de pronunciar histórico discurso, Allende hizo lo que consideró necesario, la vía del suicidio, luego de haber afirmado que solamente muerto saldría del palacio.
Su frase final –“Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”– se hace realidad cada vez más en el Chile de hoy y la conmemoración de la fecha este año ha marcado, finalmente, el quiebre con el pasado aterrador iniciado con la alianza entre la CIA y el fascismo hace cuarenta años.
En septiembre se desbordaron las manifestaciones de homenaje a los caídos y de recuperación de la memoria de la Unidad Popular. Se demostró en universidades, conferencias, foros, programas de radio y televisión, editoriales de prensa y marchas la bestialidad de la “guerra sucia” desatada por Pinochet y sus secuaces, surgiendo datos como Londres 38 y Villa Grimaldi en su condición de centros de tortura y exterminio; la “Caravana de la Muerte” como la operación ilegal de ejecución de comunistas a lo largo de Chile, sin juicio alguno, por órdenes expresas del Comandante en Jefe; los casi 3 mil detenidos-desaparecidos; los más de 40 mil torturados; y los ejecutados en el Estadio Nacional. Fui invitado a participar en dos conferencias para comparar esfuerzos de verdad, memoria y justicia, debiendo admitir que en Guatemala estamos en pañales en esos aspectos y que lo logrado no se compara con el hecho de que 66 altos jefes militares guardan prisión en Chile, Pinochet murió y fue enterrado en condiciones de vergüenza, se han elaborado sucesivos informes sobre desapariciones y tortura, las víctimas y sus familiares han recuperado muchos edificios y sitios de tortura y ejecución extrajudicial y se ha rescatado la memoria de los valores y logros del gobierno de la Unidad Popular.
El domingo 8 tuve el privilegio de ver la llegada de la marcha por los detenidos-desaparecidos en el Cementerio General. Un flujo impresionante de gente, 60 mil personas, de todas las edades y todos los estratos sociales, que respondieron al llamado de la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos y otras organizaciones de derechos humanos y memoria. A ojos de un guatemalteco, me impresionaron tres aspectos: la marcada unidad de los asistentes, reconociendo que la tragedia, personal, familiar y social, que sufrieron las miles de víctimas con la entrega de lo más preciado, la vida, fue su contribución abnegada por lograr un Chile diferente; el rescate del proyecto de la Unidad Popular y de su líder, Salvador Allende; y la determinación por afirmar “Nunca Más” a las gravísimas violaciones de los derechos humanos. Todavía tuve la suerte de ver, el 11 por la noche, el extraordinario homenaje a los ejecutados en el Estadio Nacional, incluido Víctor Jara, que se hizo con músicos de entonces, músicos de la resistencia y músicos de hoy, acto en el cual miles de personas encendieron velas para demostrar que la memoria de Chile corresponde a sus héroes y sus mártires.
Guatemala enfrenta mayores dificultades que Chile, siendo la falta de unidad una de las más obvias; pero no pierdo la esperanza de que aprendamos estas lecciones y al cumplir 70 años de la Revolución de Octubre y 60 años de la ignominia iniciada por la intervención estadounidense y culminada con el genocidio contra el pueblo Maya y otros sectores, podamos también tener nuestro quiebre histórico.