Es evidente que cualquier acción por modernizar el Estado debe pasar por refundar el sistema de servicio civil guatemalteco. Como muchos ambientes en el sector público y en la economía, dicho sistema comenzó a observar cambios notables cuando se iniciaron las privatizaciones y las liberalizaciones de todo tipo, entre finales de los ochenta, y principios de los años noventa.
En virtud de que no se le quiso entrar de tajo a los cambios en el régimen de personal de los burócratas, ello se suplió con un Estado paralelo, colmado de contrataciones temporales con buenos sueldos, que también eran respuestas a instituciones superpuestas, como es el caso de COVIAL, los fideicomisos, e innumerables organizaciones dotadas de cierta autonomía, en donde gobernaba algún cabezón componente del partido oficial de turno y su camarilla de amiguetes por supuesto.
Con esta proliferación de cargos temporales, se dejó de cotizar al régimen de prestaciones de los trabajadores del Estado, al punto que ese fondo de jubilación se encuentra totalmente en la bancarrota: los aportes de los trabajadores son cerca de Q1, 200 millones, pero los aportes del gobierno central son más de Q3, 000 millones, o sea una relación de tres a uno.
Paralelamente a este régimen de jubilaciones tenemos el del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social –IGSS– que pertenece tanto a los trabajadores del Estado como a los de la iniciativa privada. Diversos son los cálculos actuariales actuales que están advirtiendo que si no se aumentan los aportes también dicho régimen correría, paulatinamente, la suerte del primero mencionado.
Por su lado, gracias a propuestas populistas, encabezadas principalmente por el hoy candidato Manuel Baldizón, se tiene el régimen del Adulto Mayor, que no es más que una compensación generalizada a ciudadanos de la tercera edad, que se encuentran a la deriva dentro del sistema económico, por no contar con jubilación alguna.
Todo ello comprueba la crisis en las que navega el ahorro de los guatemaltecos, y el marasmo que representa llegar en estos lares a la tercera edad. Y es que en un ambiente en donde la supervivencia es lo único que cuenta, muy difícil es pensar a largo plazo como lo hace todos los días un ciudadano noruego, suizo o alemán.
Aquí, la vida es la del día a día, al punto que actualmente, los denominados “cuentapropias” son más del 70 por ciento de la Población Económicamente Activa, razón por la que, dicho sea de paso, un partido obrero o de raigambre popular proletaria o asalariada tiene muy poca influencia política e ideológica.
El modelo económico y lo que autores de gran renombre como Karl Polanyi, denominan como “La Gran Transformación”, se encargó en los años noventa de provocar un rompimiento tremendo de la matriz social que antes cohesionaba de diversas formas nuestro sistema económico y social.
Hoy, prevalece la inseguridad económica, y el Ministerio de Finanzas no se atreve a hacer ningún movimiento, ni en los montepíos, ni en el Seguro Social, en virtud de que ello implica el aporte de grandes cantidades de dinero público para apuntalar las derruidas reservas de ambos sistemas.
Lentamente, nuestra sociedad como un todo camina dentro del lema del “sálvese quien pueda”, ayudada de diversas maneras por la diáspora de los migrantes que soportan la economía actual y hasta el precio de la divisa extranjera.