Faltan dos años para la próxima contienda electoral, y sin embargo, la gran mayoría de la población reconoce e identifica a quienes participarán en las elecciones, tanto a nivel local como para Presidente, al verse inundado su aldea, su municipio, su departamento y en general todo el país de propaganda, no de los partidos, sino de sus representantes, lo que constituye una seria violación a la Ley Electoral y de Partidos Políticos.
En Guatemala se habla de una poca cultura electoral, tanto de los actores principales (electores) como aquellos que participan a elección (candidatos), lo que significa que los ciudadanos se enfrentan cada año a sorpresas ideológicas cada vez más distintas como “derecha popular” o “izquierda moderada”, e inclusive el ya muy conocido “de centro”, ya sea por cualquiera de los bandos. Lo lamentable es que quienes dominan los partidos políticos carecen de un proceso de enseñanza para sus afiliados, en donde les transmitan estos aspectos de formación política e ideológica. Pero no enseñan, quizá porque no conocen, o porque no lo consideran importante. Por eso se dice que los partidos políticos no son verdaderas instituciones de elección, sino simplemente grupos organizados para alcanzar cuotas de poder, sin mayor cultura democrática.
Pero el derecho a la organización partidaria y su proceso de conformación en instituciones democráticas es reconocido mundialmente por no ser un aspecto sencillo, ni rápido, pero si deben trazarse modelos a seguir con la esperanza que poco a poco el país tenga mejor calidad de políticos y por ende, de funcionarios.
Para Guatemala, el modelo de una campaña electoral la define la ley, con mínimos y máximos, dotándole a un tribunal extraordinario (TSE) la función reguladora, aunque justificadamente sin muchos mecanismos de aplicación o castigo severo. Por ello, ante una autoridad con limitaciones legales para actuar y una baja cultura electoral, se necesita de una moral partidaria para respetar las normas que los mismos partidos políticos, mediante sus representantes en el Congreso de la República establecieron, sabiendo quizá, que serían irrespetadas. El sistema electoral entonces, no puede alcanzar un avance significativo, si los mismos actores que incumplen las normas, son quienes deben cambiarlas. La moral de los candidatos entonces, en la última esperanza. Y sobre todo cuando existen nuevos partidos, nuevos candidatos y nuevas ofertas electorales, que repiten constantemente sobre la necesidad de cambio y como, de ser electos, tendrían la oportunidad de mejorar al país.
Dentro de las grandes preguntas que el electorado define (por lo menos el analítico) es ¿cómo es posible creer en los candidatos que juran que serán el cambio para el país, pero durante la época preelectoral rompen las leyes que están obligados a cumplir? O bien entender la razón de un voto ciudadano, luego de todo un proceso de oposición política seria, constructiva y decidida a favor del país.