Casi era una costumbre que el 20 de cada mes del calendario Gregoriano, don Goyo se apareciera por el pueblo sin más velices que un voluminoso morral de cuero, que se colgaba del hombro derecho con un cincho que terminaba en una hebilla; así, si quería, podía acortarlo y poder apoyárselo en la altura de la cintura. Don Goyo era un hombre de baja estatura y acurrucado o de pie, la diferencia no era mucha. Nunca dejó de usar sombrero de petate y llevar la camisa de fuera, era parte de su identificación.
La gente lo conocía como el vendedor de ilusiones, porque a cada uno le pintaba el futuro como el escenario seguro de realizar cualquier propósito: construirle otro cuarto a la casa, por si se matrimoniaba la Zenaida; que el patojo tuviera para el terno de casimir para cuando se graduara de bachiller, ya que en el colegio privado de don Vitalino había esa posibilidad; o tal vez llevar a la familia a conocer el mar… Cada uno de los vecinos tenía sus ilusiones, sus anhelos, como parte del diario vivir. Y don Goyo se encargaba de alimentar esas ilusiones como esencia de su trabajo, al grado que en el dedo medio ya tenía callo de tantos años de andar tocando puertas cuando llamaba para vender ilusiones… Y eran casi cuatrocientas casas, sólo en ese pueblo. Cuando los chinos empezaron a vender bicicletas, radios, televisores, licuadoras, ventiladores y demás, que años atrás no se conocían porque no había luz eléctrica, sus estrategias de venta se fueron modificando. Ya no eran las ilusiones de cosas que se habían utilizado durante años de vida común y corriente… No, ahora eran anhelos de tecnología moderna. “Imagínese al patojo que se vaya a la escuela en bicicleta”; “Cuando su marido venga cansado del trabajo, usted le pone el programa de Eliot Ness”; “Si llega la época de los marañones, usted puede hacer fresco con la licuadora”; “No se preocupe de los calores de abril y mayo, pues para eso estará el ventilador”. Y aun cuando la luz sólo la servían de 18 a 23 horas, don Goyo no aceptaba que le contradijeran, pues para eso se habían inventado los plantones, muy de moda, y se podía exigir al alcalde que la planta permaneciera encendida sin interrupción, y si no, que mejor renunciara. En su afán de colocar su producto, hasta llegó a ofrecérselo al mismo alcalde, para que si le iba bien, tuviera dinero para comprar otra planta o proveerse diésel para suficiente tiempo. Y cada vecino, ilusionado con esas posibilidades, a veces a regañadientes, sacaba sus centavos y compraba el documento que le permitiría saciar sus caros anhelos, sólo los anhelos, que fueron modificándose como fueron inventándose más necesidades. Por ejemplo, en eso de hacer helados de leche con vainilla, se utilizaba el hielo que fabricaban en el trapiche, de manera artesanal. Ahora no había que hacerlos en el refrigerador. Si había necesidad de un licuado, se utilizaba un machucador. Ahora, o había licuadora o la condena era tomar una simple limonada, aunque fuera más sabrosa. En fin, los cambios también inducían a nuevas ilusiones. Pero, para eso estaba don Goyo: para dar posibilidades, sólo posibilidades, de solucionarlas, incluyendo la compra de la caja de muerto, que también era un riesgo que exigía tener dinero. Y así, cada 20 de cada mes, morral al hombro y periódico en mano, el vendedor de ilusiones recorría el pueblo sin correr riesgo, porque los vecinos que trataban con él sabían de antemano que todo dependía del albur: pueda que sí o pueda que no, porque lo que vendía don Goyo eran enteros o cachitos de la Lotería Nacional o de la Chica para alfabetización.