Las firmas auténticas


Jose-Barnoya

Antes de que sonara el campanazo de las cuatro de la tarde que autorizaba a los alumnos a salir huyendo de la escuela los formaron en el patio del establecimiento. Don Leonidas, el director de bigotón teñido de nicotina, enarboló una regla –la misma que utilizaba para castigar patojos– y lanzó la arenga: –

José Barnoya


“Como mañana es el día en que se celebra la independencia patria, la escuela desfilará desde el Parque Central hasta el Campo de Marte, el Dios omnipotente de la Guerra; por lo que mañana los espero uniformados, meados y zurrados para que soporten la larga caminata con paso firme, ánimo recto y cara alegre. Pueden retirarse”.

Desde esa mañana del 15 del noveno mes, empezamos a escuchar año con año, ensordecedores tamborones, desafinados trompetazos y cañonazos espantazanates, conmemorando indiferentes una Independencia de papel, como el que usaba la Niña Chenta para envolver  enchiladas.

Un plato de frijoles parados olorosos a epazote cubiertos por una sábana blanca de queso seco espanta al sueño al que sustituye una larga duermevela. Aparece entonces una visión extraña: Ahí estaban en grupo compacto, unidos, esperando la señal para entrar en acción.

A las diez  y pico empezaron los actos: la escuela pública, el colegio privado, el regimiento uniformado de gala, la demarcación de policía estrenando ropa, el pueblo entero ocupando la plaza. Las cadenas de eslabones de papel de china blanco y azul hamaqueándose en los faroles del alumbrado. En lo más alto de un mástil, arriba del reloj detenido en la misma hora desde hacía muchos años, la bandera rogaba al cielo que no hiciera viento, para que su blanco no fuera chisgueteado y sus azules desteñidos. De las columnas del portal colgaban como ahorcados eternos, los próceres de la Independencia.

Cuando la Banda Marcial se arrancó con el himno, la voz de un cantante improvisado acompañó a la concurrencia que, solo pudo tararear las últimas estrofas. Con voces desafinadas el segundo mandatario y la primera mandataria, exaltaron la casi olvidada efeméride. Un oxidado mortero, impaciente por lanzar las bombas voladoras, tuvo que aguantar con paciencia la elegía a la patria del poeta laureado y el discurso ramplón de la reina de la feria. Después de escuchar la Granadera, la Junta Directiva se bajó del estrado y se coló por la puerta principal del salón de recepciones para atragantarse de champán y whisky de etiqueta anaranjada. La vocinglería ahogó las notas de la Flor del Café y Mi bella Guatemala que la orquesta interpretaba con desgano.

Al finalizar la zarabanda entraron ellos en acción. Armados de escaleras, cepillos y escobas rompieron cadenas, rasgaron símbolos falsos y bajaron de sus pedestales a las efigies contrahechas de los próceres.

El único documento que dejaron las autoridades sobre la mesa, era una copia fiel del Acta de Independencia con las rúbricas acolochadas de los próceres. Con arrojo, el jefe del grupo  de mantenimiento desembolsó un bolígrafo usado y estampó decidido el garabato de su firma debajo de la del último patricio. Detrás, llegaron las de sus compañeros: Gabino Chamalé, José Cecilio Guamuch, Pedro Zapón, Juan Ixcoy y Xep Xicay.  –¡Ya somos próceres muchá ! – gritó el último de los firmantes, mientras se sacaba de la bolsa un envase de guaro cristalino para brindar por la patria mancillada.
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