Una opinión que vale la pena leer


Oscar-Marroquin-2013

Pocas horas después de que el presidente Barack Obama habló a los norteamericanos para abordar el tema de Siria apelando al carácter excepcional de los Estados Unidos que, según él, les faculta para intervenir en cualquier otro país del mundo en defensa de sus propios intereses, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, publicó una columna de opinión en el diario New York Times que me parece digna de ser leída, sobre todo por la forma en que explica el origen del acuerdo de las grandes potencias tras la Segunda Guerra Mundial para asegurar el consenso entre las grandes potencias para prevenir excesos cometidos en el uso de la fuerza.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Putin está jugando con mucho oportunismo sus cartas en la crisis provocada por el tema sirio, sobre todo porque es evidente que notó un flanco de debilidad en la postura norteamericana y le está tratando de sacar el máximo provecho. Pero evidentemente está recibiendo una asesoría correcta, como se refleja en ese escrito que puede leerse en la edición electrónica del importante rotativo norteamericano.
 
 Creo que el presidente Pérez Molina debiera de leer con detenimiento esa opinión, sobre todo luego de haber anunciado su respaldo a la inicial postura de Obama y porque estamos en el Consejo de Seguridad. Y sabiendo que Putin también fue jefe de los servicios de inteligencia de Rusia, como Pérez Molina lo fue en Guatemala, a lo mejor encuentra elementos que le permitan ver más allá de lo que se plasma en una columna de opinión bien redactada y que constituye una reacción en brevísimo plazo al discurso del mandatario de Estados Unidos el pasado martes por la noche.
 
 Putin dice que tras el fallido experimento de la Sociedad de las Naciones, las potencias que ganaron la Segunda Guerra Mundial se dieron cuenta que no podían repetir el modelo que impidió atajar a Hitler y por eso se crearon las Naciones Unidas con una Carta en la que se privilegia el consenso entre las grandes potencias por la vía del veto. Pero hay que recordar que esa Sociedad de las Naciones, conocida también como Liga de las Naciones, surgió a iniciativa del Presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, y formó parte del Tratado de Versalles que le puso fin a la Primera Guerra Mundial. Ocurre, sin embargo, que Estados Unidos zafó bulto y nunca se integró a la Sociedad porque el Congreso nunca ratificó los acuerdos. La ausencia de esa potencia significó el fracaso de una organización que dependía de la participación de los más importantes para funcionar.
 
 Desde hace años los políticos y la opinión pública norteamericana muestran su desconfianza en Naciones Unidas y especialmente en el Consejo de Seguridad. Ciertamente la ONU no ha sido un dechado de perfección y tiene notables fallas, pero casi todas las importantes son resultado de que los países más poderosos le juegan la vuelta a sus propios compromisos adquiridos al suscribir la carta de la ONU.
 
 Países que se sienten “excepcionales”, como han sido Estados Unidos y la Unión Soviética en su tiempo, papel que ahora juega Rusia, han ignorado olímpicamente al Consejo de Seguridad cuando han intuido el veto de la contraparte para sus acciones militares. Pero el problema no está en la ley, sino en el irrespeto a las normas del derecho internacional por los países que tienen la fuerza militar para actuar sin temor a represalias.
 
 Con todo y ello, la paz mundial se ha mantenido y son más los conflictos resueltos o prevenidos por la implementación de acciones del Consejo de Seguridad que los que, como la guerra en Irak o las agresiones a Guatemala, Hungría, República Dominicana y Checoeslovaquia, se adoptaron unilateralmente por gobiernos que sentían  que representaban a pueblos excepcionales o diferentes, es decir, superiores, y con poder para ser gendarmes del mundo para imponer su línea a otras Naciones.