Dice el libro del Génesis que nuestros primeros padres al escuchar la voz de Dios en el Paraíso, luego de desobedecer a su voz, sintieron vergüenza y se escondieron para no ser vistos. Es el primer acto quizá de reconocimiento de una acción por la que no se puede presumir y la inauguración del sentimiento de culpa. Lo demás es historia.
Taparse el rostro es un comportamiento intuitivo en el que se acepta que lo actuado no es o no ha sido conforme a lo esperado. Siente pena tanto el marero y el perverso de la comunidad, como el banquero o el creador de software de Silicon Valley. Es un sentimiento universal que caracteriza y diferencia a los seres humanos.
No siempre. Al menos así lo delatan los hechos. El malestar de la conciencia parece haber sido superado. Raskólnikov es solo un personaje literario. Pocos sufren cuando actúan mal porque la moneda corriente es el descaro, la desfachatez y la soberbia. Están a la vista los políticos, empresarios y curas y pastores son ejemplares meridianos para el caso.
Observemos, si usted así lo quiere, a Tamara Obispo Argueta, ex viceministra de Atención Primaria del Ministerio de Salud. Hoy aparece en un matutino su fotografía con una sonrisa radiante, exhibe oronda sus esposas y casi posa frente a las cámaras. Su rostro no tiene visos de vergüenza y más parece estar feliz por su victoria frente a la maltrecha justicia guatemalteca. Anuncia al mundo entero que “contra ella nadie puede” y experimenta una superioridad semejante a “la mujer maravilla”.
Recuerde que la prensa puso al descubierto la agresión de la funcionaria contra dos meseros en un restaurante de Retalhuleu. Y hoy se reproducen las frases proferidas en medio del acto escandaloso: “El señor Presidente le va a dar la baja, me voy a cagar en usted, le voy a quebrar el culo, no sabe con quién se está metiendo, policía hijo de la gran puta”, le gritó Obispo a los agentes y agregó: “Quién se cree para estarme dando órdenes, ustedes no me pueden hacer nada porque gozo de inmunidad”.
En contrates con el descaro de la funcionaria, aparece en la foto el rostro compungido y preocupado del hijo. Casi como demostrando el adolescente más sensibilidad, madurez y calidad humana que su madre misma. Lo que evidencia que la vergüenza del mundo adánico ha quedado solo como pieza de colección y un recuerdo muy lejano de la humanidad perdida a través del tiempo.