Las lecciones que le dejó a Uruguay una fábrica gubernamental de whisky y que hoy inspira al presidente José Mujica a regular el mercado de la marihuana son de éxitos y fracasos.
MONTEVIDEO /Agencia AP
A principios de siglo pasado, el presidente José Batlle y Ordóñez tenía dos sueños sobre el alcohol, explicó la historiadora María Laura Martínez. El primero era que el estado monopolizara su producción para ahorrar divisas y generar un mercado seguro para los agricultores. El segundo era desarrollar un combustible nacional a partir del alcohol y dejar de importar petróleo.
Ninguno de los dos prosperó. El monopolio de la producción de alcohol fue frenado por presión de Francia ya que la mayor destilería de entonces era de un francés de apellido Meillet.
Tampoco se creó un combustible nacional. Martínez relata que en 1917 comenzaron a experimentar distintas mezclas de gasolina y alcohol de maíz. En 1923 se logró una fórmula que se probó en el automóvil del propio Batlle y Ordóñez y fue un éxito.
El sueño no era una quimera. En esos años, en los países escandinavos el combustible tenía entre un 10 y 20% de alcohol. En 1925 Henry Ford le dijo a The New York Times que el alcohol era el carburante del futuro. Entre 1920 y 1930 se usaron mezclas de alcohol y gasolina desde Francia a las Filipinas.
Sin embargo, la industria petrolera presionó en todo el planeta para frenar esta alternativa. En Uruguay, cuando estaba al alcance de la mano, el sueño de Batlle y Ordóñez murió. «Un entramado de intereses no dejó que el carburante nacional funcionara», sostuvo la historiadora Martínez. El ingeniero Alejandro Muzzolón, quien inventó un carburador para mezclas de alcohol y gasolina, relató en un libro publicado en 1942 que un gobernante uruguayo le confió: «No podemos hablar del alcohol carburante porque es mala palabra».
Batlle y Ordóñez falleció en 1929 sin cumplir sus anhelos. Sin embargo, logró imbuir al Uruguay de un espíritu estatista que perdura hasta hoy. Esa filosofía hizo que en 1931 se creara la compañía estatal Ancap, a la que se le confiaron los monopolios de refinación de petróleo y destilación de alcohol. Además, se le encomendó desarrollar un combustible nacional. En el Parlamento un legislador tuvo una idea: que Ancap aprovechara los conocimientos sobre el alcohol que tenía Uruguay para fabricar bebidas espirituosas, venderlas y con ese dinero apoyar por fin el desarrollo del carburante propio.
La propuesta fue muy polémica, pero los legisladores oficialistas dijeron que así el estado sanearía el mercado de licores, vendería bebidas de calidad, eliminando frecuentes intoxicaciones que ocasionaban las bebidas adulteradas. Tal como ahora lo recuerda Mujica.
Ancap comenzó a fabricar grapa en 1932 y ron de caña en 1934. Una parte del plan funcionó: las bebidas eran de buena calidad, pero el combustible de alcohol jamás se fabricó. La presión petrolera retrasó más de medio siglo su desarrollo en el mundo. Fue en los años 80 que el alcohol carburante irrumpió con fuerza en Brasil.
Mientras tanto, en Uruguay la línea de bebidas alcohólicas del estado siguió creciendo. La producción de whisky comenzó en 1946 y la de ron en 1948.
El whisky de Ancap fue un éxito. En un mercado plagado de bebidas adulteradas, incluso tóxicas, un whisky económico, con garantía sanitaria y calidad aceptable fue bien recibido. Las ventas pasaron de 3.000 litros en 1960 a 332.000 en 1970.
Pero en los años 90 el whisky escocés se abarató por la baja del dólar y la fábrica comenzó a dar pérdidas cada vez mayores. En 2002, en medio de una fuerte crisis, el presidente Jorge Batlle —sobrino nieto de Batlle y Ordóñez— dijo que era inadmisible que Uruguay perdiera millones por fabricar el whisky estatal, llamado Mac Pay. Para revertir esa situación, la destilería fue separada de Ancap y con el nombre de CABA (Compañía Ancap de Bebidas y Alcoholes) pasó a ser administrada en privado, aunque Ancap conservó el 100% de las acciones.
El personal se redujo a 60 empleados, la planta operativa se modernizó y la empresa comenzó a repuntar.
«Jorge Batlle tenía razón. El estado no podía perder plata por fabricar whisky», dijo Héctor Bajac, gerente general de CABA. «Hoy damos ganancias», agregó. Desde 2008, los superávits de la empresa, que también fabrica alcohol medicinal, solventes químicos y un repelente de insectos, siguen creciendo. En 2012 la ganancia fue cercana al millón de dólares.
Bajac tiene otros orgullos. Los otros whiskys uruguayos han sido comprados por multinacionales. «Mac Pay es la única marca que deja sus utilidades en el país». El whisky estatal tiene 12% del mercado del whisky uruguayo y 6% del total. Y no recibe un solo peso de subsidio del Estado.