El sargento primero Hermógenes Bracamonte y la poetisa rebelde Eterna Primavera Bernal, contrajeron nupcias urgentes después de firmado el armisticio de la guerra que los había transfigurado forzosamente en combatientes rivales, cuando su destino seguía siendo ser aliados para toda la eternidad.
Y convivieron felices sin batalla alguna hasta bautizar al último de sus bisnietos… de esto hace por lo menos cincuenta años. A finales de enero pasado, por razón de un aguacero insospechado, en el lobby del Conservatorio Nacional se me presentó la ocasión de abordar a don Plinio Bracamonte, uno de los tantos parientes de aquel histórico militar.
Después de conversar ligeramente sobre sus famosos ancestros, el señor concluyó terminante: – No, para nada, los hijos de los hijos ya no heredamos ni una pizca guerrerista ni mucho menos patriotera, somos ciudadanos comunes más bien domésticos curados del nacionalismo y no guardamos pretensión revolucionaria alguna; mis hermanos y yo no somos más que resignados profesores de barrio triste-.
-Que desconsuelo-, pensé; sin embargo recuperé la esperanza un par de minutos después cuando reconocí entre quienes salían de las aulas a dos de sus hijos pequeños; una jovencita pelirroja de unos once años, al parecer estudiante de clavicordio, me sonrió y me dejó boquiabierto con su saludo: – Muy buenas tardes señor de los papeles-. Tras de ella corría un niño que llevaba consigo un estuche de clarín al cual le pregunté: – ¿Y cuál es tu nombre muchacho? – Me llamo Belice y mi hermana se llama Guatemala-.