El fin de semana se concretó el más importante relevo ocurrido en el Vaticano desde la renuncia del Papa Benedicto y la elección del Papa Francisco, con el nombramiento del Arzobispo Monseñor Pietro Parolin, hasta ahora Nuncio en Venezuela, como nuevo Secretario de Estado en sustitución del cardenal Tarcisio Bertone, poderoso número dos dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica. El cardenal Bertone fue el centro de las filtraciones conocidas como Vatileaks, en las que se desnudó la lucha interna por motivos políticos y ambiciones de poder, además de ambiciones económicas, existente en la misma curia romana.
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Bertone siempre adoptó, en su defensa, la misma tesis que esgrimieron en tiempos de Juan Pablo II cuando se hablaba del problema de la pederastia entre los curas. Dijo que todo era resultado de una enorme conspiración de los enemigos de la Iglesia y que los periodistas, especialmente los romanos, jugaban a ser émulos de Dan Brown, quien en sus novelas hizo señalamientos contra la forma en que se gobierna la Iglesia. Hay que recordar que cada vez que se publicaba algo sobre abusos sexuales cometidos por algún cura, en la Iglesia también cerraban filas diciendo que todo el escándalo era resultado de una enorme conspiración de la prensa en contra del catolicismo y que se usaban casos aislados para hacer un daño institucional, razón por la que en el Vaticano se siguió la política de ocultar y proteger a los pederastas.
Las filtraciones durante el papado de Benedicto XVI fueron atribuidas al mayordomo del Papa y se dijo que éste había filtrado documentos secretos para proteger al Pontífice de las maquinaciones de la curia romana dirigida precisamente por el Cardenal Bertone. El Papa Benedicto estaba más ocupado en las cuestiones de la fe y en la redacción de sus profundos documentos sobre teología que en la administración y, sobre todo, las finanzas vaticanas que han sido un soberano relajo desde hace muchos años. Y ese desinterés de Benedicto por las cosas mundanas significó un extraordinario poder para Bertone que sí se ocupaba de política interna, de administración, de finanzas y de mover sus piezas en la jerarquía, tanto en Roma como a lo largo y ancho del mundo.
Por ello es que el cambio del Secretario de Estado constituye, sin duda, el paso más importante que pueda haber dado el Papa Francisco en la renovación de la Iglesia. Renovación que no tiene nada que ver con algunas aspiraciones de grupos de presión entre los fieles católicos, sino que apunta más a los cambios internos en la forma de administrar la Iglesia y sus bienes, a efecto de hacer compatibles ambos campos con esa visión que tiene el Pontífice jesuita de una Iglesia más comprometida con su raíz, es decir, con la promoción de la dignidad de todos los seres humanos sin distingos de ninguna clase pero, sobre todo, por motivos económicos.
Bertone conservará sus puestos en las distintas Congregaciones en las que ahora se desenvuelve y así será hasta que cumpla 80 años de edad. Será miembro de la Congregación de la Doctrina de la Fe, poderosa sucesora de la Santa Inquisición, Congregación del Clero, Congregación de los Obispos, Congregación para las Iglesias Orientales, Congregación para la Evangelización de los Pueblos y la Congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos. Su presencia seguirá siendo importante e influyente, pero al alejarlo del control de las finanzas y del poder efectivo, se abre un espacio para una transformación que permita volver a los orígenes de la misma fe, abandonados en medio de intrigas políticas y de ambiciones económicas.