Los desaparecidos son consecuencia de las guerras injustas. Por ello, hoy, manifiesto mi condena a los poderes imperiales que quieren desatar la guerra contra Siria. Quienes han inventado y comercializado, y también utilizado, las armas químicas, no tienen autoridad moral para utilizar esta excusa para perseguir sus inconfensables intereses. ¡Alto a la pretendida hegemonía mundial de Estados Unidos, Francia e Inglaterra! la OTAN debe desaparecer, así como desapareció la “guerra fría” que la originó.
Gracias a los esfuerzos de FEDEFAM, el 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Desaparecidos. Se recuerda en esta fecha a las personas que fueron capturadas por fuerzas armadas o de seguridad y de quienes no se volvió a saber más, ni vivas ni muertas. Como crimen, la desaparición forzada es de extrema crueldad, causando dolor y angustia no solamente al detenido, prácticamente siempre torturado y humillado y, al final, invariablemente asesinado, sino que a sus familiares, que pasan el resto de sus vidas aferrados a la ilusión de que pueda reaparecer vivo, mientras asumen que está muerto, sin tener el alivio de saber dónde están sus restos. Si bien la tortura siempre ha sido considerada crimen de lesa humanidad, ante la gravedad de la desaparición forzada la Asamblea General de la OEA estableció que también ésta es un crimen de lesa humanidad.
Adicionalmente, el derecho internacional ha establecido que la desaparición forzada es un crimen vigente, que se perpetúa en tanto no aparece la persona o sus restos.
Guatemala es vista en América Latina como el primer país de la región en donde se aplicó la práctica de la desaparición forzada de manera sistemática, con la captura de la dirección del PGT (partido comunista) y otras personas, en marzo de 1966. No se volvió a saber de ellos, aunque existen testimonios de que fueron asesinados en instalaciones militares y sus cuerpos fueron lanzados al mar. También se considera que aunque la desaparición forzada fue instrumento esencial de las “guerras sucias” de los ejércitos sudamericanos y centroamericanos –dirigidos y entrenados por los Estados Unidos– el número más alto de personas desaparecidas corresponde a Guatemala, con una estimación de 45 mil víctimas entre 1966 y 1996.
El Día Internacional de los Desaparecidos, sin embargo, rescata la dignidad de las personas y no sus estadísticas. Cada persona, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tiene derecho a que se le respete su vida y su dignidad. Aún si la persona hubiese sido un guerrillero, el Estado tenía el derecho de capturarlo y enjuiciarlo, con apego a la ley, pero no de torturarlo, asesinarlo y desaparecerlo. Las historias de la gran mayoría de los desaparecidos corresponden, por otra parte, a ciudadanos corrientes, que si bien podían tener convicciones ideológicas revolucionarias, como yo, no estaban en acciones armadas. Y luego están la gran cantidad de civiles, de todas las edades y condiciones, que los militares y policías agregaron a su lista de “enemigos internos” por las razones más absurdas. Todavía nos golpea el caso de una madre de familia en la capital en los 80, de pensamiento de izquierda, que salió a comprar pan, dejando a sus dos hijos pequeños con el padre de ella, y al regresar ellos y una empleada doméstica habían sido capturados y desvanecidos. ¡Aún no se sabe qué pasó con ellos!
La ciudadanía debe seguir acompañando hoy, solidariamente, a los familiares de los detenidos-desaparecidos. No podemos seguir permitiendo que el “pacto de silencio” siga obstruyendo el hallazgo de la verdad. Los padres tienen derecho a saber qué pasó con sus hijos; los hijos necesitan rendir tributo a sus padres; las esposas y los esposos tienen la necesidad de despedirse de sus cónyuges; y la sociedad entera tiene la urgencia de encontrar el camino de la verdad y la justicia.