Hay una palabra que define las circunstancias políticas, económicas y sociales de principios de este siglo XXI en Guatemala, estamos viviendo una crisis recurrente. Salimos de una crisis para caer en otra, lo que permite afirmar que padecemos una permanente crisis en todos los órdenes. Y para mostrarlo, algunos ejemplos.
La situación económica de Guatemala en los momentos finales del gobierno de Álvaro Colom y principios de Otto Pérez, es francamente de una bancarrota total, con un país que adquiere préstamos para el funcionamiento del Estado y deuda para pagar intereses de la deuda. Esto es producto de malas costumbres de gobiernos anteriores, que han dejado el poder de decisión en manos de hombres de confianza, elegidos equivocadamente. El empobrecimiento económico y financiero a lo largo de este inicio de siglo, crece vertiginosamente, con un presupuesto descomunal. En tanto, en este país de tierras fértiles, es una vergüenza que personas se estén muriendo de hambre y ofende el nivel de desnutrición infantil.
En el ámbito social, como consecuencia de la ruinosa economía agrícola existe un éxodo de gentes del campo a la ciudad que provoca una masificación de las ciudades y haya hacinamiento en cinturones de pobreza extrema, alrededor de la capital. Entre la población de éstas aumenta el número de personas sin oficio ni beneficio, sin trabajo y que pasan a engrosar las maras o la delincuencia. Hoy los jóvenes se enrolan en las pandillas juveniles, porque son guatemaltecos sin raíces, ni ideales; se han convertido en seres escépticos. Se sienten desengañados. Deambulan drogados para olvidar.
La sociedad guatemalteca sigue dominada por personas que se creen pertenecientes a una nobleza; predestinada a gobernar, aumentando sus riquezas en forma desmesurada, cada cuatro años de gobierno. La vida económica se apoya en una clase media que realiza pocos progresos, que tiene que pagar impuestos cada vez más altos y un sector campesino en donde cada vez hay menos jornaleros.
Los guatemaltecos medios ven con horror el gran contraste entre los lujos de los cortesanos, amigos del presidente y la vicepresidenta, haciendo negocios millonarios y una pobreza lacerante miseria que se profundiza, cada vez más, en gran parte de la sociedad. En el campo ideológico: esta permanente situación de crisis nos ha conducido a los guatemaltecos al desengaño, al pesimismo. Sensaciones que han empezado a inundar todas nuestras vidas. Muchos, desesperados, solo ven al norte como única salida y hacen bártulos para irse del país. Sienten que en Guatemala, no hay futuro para hijos y nietos. El guatemalteco promedio desconfía de todo y todos. Los políticos se han convertido en payasos, con sus promesas incumplidas y su permanente salida en los medios de comunicación, en propagada que ya –honestamente- nos tienen hartos. Nuestra existencia se convierte en una lucha feroz que supone “vivir al acecho”. Salimos de casa y no sabemos si vamos a regresar. Los delincuentes y la violencia en general, nos atemorizan cada día. El mundo se representa como algo confuso y los artistas barrocos, representan la vida como un “laberinto”.
Este ejercicio, increíblemente, lo hice desglosando conceptos del barroco español del siglo XVII. Coincidentemente, la situación que padecemos, parece ser un barroco chapín del siglo XXI.