Tristemente la perspectiva no es alentadora


Oscar-Marroquin-2013

Hoy publicamos un reportaje sobre la enorme cantidad de jóvenes que se encuentran detenidos en el sistema carcelario de Guatemala y sobre las dificultades que en general encara la juventud del país para concretar sus sueños y aspiraciones por la falta de políticas que ofrezcan las oportunidades que permitan aspirar a condiciones decorosas de vida, no digamos que alienten la construcción realista de sueños sobre un futuro mejor.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


La criminalidad que sufrimos, con sicarios menores de edad que son contratados por unos cuantos pesos para doblarse a cualquiera, es en buena medida un problema social muy grande porque existen enormes segmentos de nuestra población en donde se combinan dos factores letales. Por un lado la falta de oportunidades ya referida que lanza a los guatemaltecos a la disyuntiva entre emigrar o caer en las redes de alguna de las pandillas que recogen a esa juventud frustrada y sin expectativas, y la impunidad que alienta al criminal porque lejos de que haya certeza de castigo para quien comete un crimen, en Guatemala la certeza es que el delincuente tiene altísimas probabilidades de salirse con la suya.
 
 A esta situación no llegamos de la noche a la mañana, sino que es el resultado de una absoluta ausencia de políticas públicas para promover espacios de oportunidad para los jóvenes que llegan a la edad de incorporarse al mercado de trabajo sin hallar un resquicio para lograr sus objetivos. No todo es culpa del Estado, pero indudablemente que como sociedad tenemos una alta responsabilidad en mantener un sistema que lejos de abrir una perspectiva de futuro alentador, concentra las oportunidades en quienes gozan de cierto bienestar, privando al resto de la población, especialmente a los jóvenes de familias menos pudientes, de esa ilusión que causa el deseo de alcanzar metas, de trabajar por resultados tangibles en términos de comodidad y realización.
 
 Una tragedia nos permite ahora poner en perspectiva dos vidas totalmente diferentes, ambas segadas de manera irracional. Un alumno de colegio privado muerto de un disparo en la cabeza hecho por el ladrón de celulares que le había despojado del aparato. El ladrón muerto a manos de la turba que, indignada por el crimen que presenció, vapuleó al maleante hasta causarle la muerte.
 
 El joven estudiante tenía toda una vida por delante, un futuro relativamente alentador al terminar sus estudios de diversificado y con planes de ir a la Universidad. El otro joven, el ladrón de celulares, dedicó su vida a cometer asaltos con la mayor sangre fría y la constante disposición de tirar del gatillo si hacía falta para conseguir el aparato cuya venta en el mercado negro le proporcionaba parte de sus ingresos diarios.
 
 Cuántos jóvenes como este asaltante no hay en el país, frustrados desde su niñez porque no tienen siquiera una familia integrada que se ocupe de ellos y, menos aún, porque no hay políticas sociales en el país para brindarles las herramientas para que puedan construirse su futuro. Viendo cómo funciona nuestra justicia, o mejor dicho viendo cómo es que nuestra justicia no funciona, el crimen se convierte en una atractiva alternativa para quienes ven únicamente espacios cerrados y ausencia de oportunidades. Las pandillas envuelven a los criminales, los arropan como nunca lo hicieron las familias, y les ofrecen un presente de aventura con oportunidades de agenciarse de dinero para vivir.
 
 El problema hoy es grave, pero viendo las perspectivas hacia el futuro tenemos que entender que las tendencias son a empeorar, porque no sólo es cuestión de crecimiento de población, sino que además de constante deterioro del entorno social. Estamos perdiendo a buena parte de nuestra juventud y eso significa que estamos perdiendo nuestro futuro.