Hay una pregunta que pulula en el ambiente, todavía hoy, respecto a las posibilidades reales de que el Papa Francisco transforme la Iglesia y revolucione una institución que para algunos está urgida de “aggiornamento”. Y corren las apuestas. Los optimistas ven la oportunidad a la vuelta de la esquina. Los pesimistas juran que la Iglesia tiene fecha inexorable de caducidad.
Ayer, mientras pensaba en ello, me encontré con un artículo de Juan Arias, columnista del diario español El País, en donde recoge las dudas planteadas por algunos pensadores (y las comparte), pero también abre las puertas a la esperanza dado el carácter del buen Bergoglio y algunos signos que permiten la ilusión.
En resumen, dice Arias, el Papa ha transformado las formas de ser Pontífice. Es un hombre accesible, amable, simpático, pero sobre todo quien rechaza las pompas y los honores. Muy alejado de cómo nos tenían acostumbrados los Obispos de Roma, exceptuando los modos de Juan XXIII, con quien se le compara a Francisco. Pero más allá de ello, falta todavía sustancia, dice.
Es cierto, el vaso se ve aún medio vacío, pero ayer me dejó gratamente sorprendido el Papa cuando se reunió con el Comité de Coordinación de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam), en el Centro de Estudios de Sumaré, Río de Janeiro, Brasil. Ilusionado por el contenido de su discurso y por la asertividad con que se dirige a sus colegas obispos.
Lo invito a leer el discurso por su carácter eclesiológico y crítica aguda a la institución que él dirige. Sus ideas aportan a la reflexión al mostrar su visión de Iglesia y sus creencias más íntimas. Pero también sus palabras reflejan una especie de programa de gobierno que bien vale ponerle atención. Más allá de ello, es interesante su actitud frente sus colegas, parece ser un hombre que se siente a sus anchas y que sabe lo que hace.
En el discurso me llama la atención la crítica dirigida a lo que él llama “la ideologización del mensaje evangélico”. Aquí el Pontífice no comparte los reduccionismos con que algunas iglesias y cristianos evalúan la naturaleza de la Iglesia. Pero no se trata solo del examen a la institución, sino a la traducción de esas ideas en la vida personal. Así, ve amenazas en las perspectivas socializantes, psicologizantes, pelagianas y gnósticas.
Bergoglio llama a ver los textos evangélicos y la iglesia misma desde la mirada cristiana. Cualquier otro ver, alejado de la perspectiva de la Iglesia, es riesgoso. Aunque no niega el Pontífice los aportes de las ciencias a la hermenéutica bíblica y teológica, se muestra cauteloso con los análisis marxistas, por ejemplo, y neoliberales.
En la misma línea, no dejó de ser interesante la crítica al “funcionalismo” y el “clericalismo”. Sobre el primero, se mostró reacio a la teología de la prosperidad. Este horizonte no permite el misterio porque sus acciones confían en el carácter humano de la obra. Lo importante es la eficiencia, afirma. Del clericalismo, dijo que es un mal que corroe a la Iglesia, especialmente en América Latina. “El fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en buena parte del laicado latinoamericano”.
Volvamos a la pregunta inicial. ¿Se puede tener esperanzas de cambio con el Papa actual? Falta todavía mucho por decir, pero me temo que la Iglesia va por el camino correcto. Las acciones de Bergoglio en los próximos meses serán decisivas para la afirmación de su pontificado.