Todas las instituciones tienen que renovarse y mantenerse al día, aun aquellas que son eternas y tienen los cimientos más profundos. Y el tiempo ha llegado para que la Iglesia Católica, una de las más vetustas instituciones de la humanidad, encare los desafíos del tiempo. Por supuesto que no se trata de claudicar en absoluto respecto a principios y fundamentos, pero sí a corregir situaciones que han sido también producto de las influencias de otros tiempos.
Es innegable que la Iglesia tiene sustento en el Evangelio y las enseñanzas de Cristo, pero también la curia ha tenido notable influencia para definir y a veces para trastocar posiciones que debieron permanecer inmutables y para influir en otras que tienen más espíritu humano que divino. Esa realidad no se puede soslayar por mucho que se crea en el dogma de la infalibilidad del Papa, mismo que es reciente en la práctica y a la luz del tiempo que ha durado la Iglesia, puesto que la historia es pródiga en hechos y situaciones que obligan a entender que ha habido visiones distorsionadas en la conducción de la institución de la Iglesia Católica.
Hoy, luego de las primeras jornadas del papa Francisco en Brasil, podemos ver que soplan aires de renovación, aires frescos contra el anquilosamiento que ha significado una merma importante en la influencia de la Iglesia en el mundo y en la forma de tratar a sus fieles. El divorcio entre fe y vida ha tenido lugar no sólo entre algunos fieles, sino también en sectores de la jerarquía que se han dedicado a protegerse mutuamente, a beneficiarse entre sí y que han alentado el juego de intereses políticos intramuros en el Vaticano.
El papa Francisco nos trae una sensación de que la Iglesia está preparada para encarar los desafíos no sólo de este milenio, sino del futuro, con una visión más coherente, menos politiquera y menos ambiciosa, además de menos tolerante para los vicios que han surgido en el seno mismo del clero.
El papa Francisco es la mezcla idónea del hombre bondadoso que entiende el mensaje de Cristo, con el hombre firme y exigente que no acepta medias tintas, que no se conforma con compromisos a medias, sino que demanda que los fieles y la jerarquía nos sintamos absolutamente comprometidos con la enseñanza fundamental de la Iglesia.
Todo cambio es difícil de aceptar y encarar, pero también hay cambios que son impostergables. No hablamos de acomodos para atrapar fieles, sino de entender ese estrecho vínculo entre fe y vida, para alentar un mayor compromiso y entrega.
Minutero:
La Iglesia encara el reto
sin buscar un parapeto;
Francisco va de frente
y le apoya mucha gente