Muchos admiramos a Albert Einstein como el físico alemán de origen judío que es considerado como el científico más importante del siglo XX. Nació en Ulm, Alemania, en 1879, se nacionalizó suizo y después estadounidense. Se le conoce como el Padre de la Bomba Atómica. Murió a primera hora del 18 de abril de 1955 a la edad de 76 años. Redactó la célebre carta a Roosevelt para promover el Proyecto Atómico e impedir que los «enemigos de la humanidad» lo hicieran antes: “…puesto que dada la mentalidad de los nazis, habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo”.
Sin embargo, con todo y su genialidad, Einstein como ser humano obviamente adolecía de defectos y uno de ellos fue el odio hacia las mujeres, especialmente hacia las mujeres pensantes porque él, como otros grandes de la historia: Aristóteles, Confucio, Platón, Pitágoras, etcétera, creyeron que la mujer es un ser absolutamente inferior.
Mileva Maric, su primera esposa, escribió a sus amigos en una oportunidad: «Mi gran Albert ha llegado a ser célebre, físico respetado por los expertos que se entusiasman por él. Trabaja incansablemente en sus problemas. Puedo decir que sólo para eso vive. Tengo que admitir, no sin vergüenza, que para él somos secundarios y poco importantes», refiriéndose a ella y sus hijos.
Mientras tanto Einstein aseveró: «Nuestra vida en común se ha vuelto imposible, hasta deprimente, aunque no sé decir por qué». Poco a poco la relación se fue deteriorando. Mileva ya no aportaba nuevas ideas ni más conocimientos al trabajo de Einstein. A raíz de esto, Einstein decidió una separación viviendo en la misma casa y, en 1914, impuso un abusivo documento que llamó “Reglas de conducta”, las cuales debía seguir al pie de la letra su esposa Mileva, en el cual exhibió su autoritarismo, el machismo y la violencia psicológica que desplegó contra ella: “A- Te encargarás de que: 1) Mi ropa esté en orden 2) Que se me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación 3) Que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo.
B- Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. 1) En especial no solicitarás que me siente junto a ti en casa. 2) Que salga o viaje contigo.
C- Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo: 1) No deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello. 2) Deberás responder de inmediato cuando te hable. 3) Deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuanto te lo diga.
D- Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, ya sea de palabra o de hecho.»
Con estas imposiciones obviamente las cosas no funcionaron y los Einstein terminaron separándose en ese mismo año.
Einstein volvió a casarse en 1915 con una de sus primas, Elsa Einstein. Elsa fue la mujer sumisa que Einstein buscaba. En silencio y total sumisión supo mantenerse a prudente distancia, dedicada al hogar y facilitándole el trabajo de investigación. No tuvieron hijos.
Einstein nunca necesitó una esposa sino una secretaria. No quiso formar una pareja científica ni conceder crédito alguno en su teoría a su exesposa Mileva. Quizá por eso, de alguna manera le pagó por su aporte, al otorgarle el dinero que ganó por el Premio Nobel de Física.
Existen muchos hombres en Guatemala con ese y peores traumas en contra de las mujeres y por eso, en alguna medida, ocurre el feminicidio. Sin embargo, debemos aceptar que también existe el odio profundo de mujeres contra el hombre y, en este caso específico, muchas mujeres guatemaltecas con sus abogados retuercen abusivamente las leyes que favorecen a la mujer, para cometer insospechadas injusticias contra los esposos. Más adelante, aquí analizaremos un caso específico sobre lo mencionado con anterioridad.