El juicio seguido a George Zimmerman por la muerte del joven Trayvon Martin en Florida provocó, al menos en algunos condados muy conservadores, una confrontación que me hizo recordar la forma en que el juicio a Ríos Montt llegó a despertar tantas pasiones en nuestro país. Entre personas acomodadas de la comunidad anglosajona, abundaban los vituperios para el joven de color que murió a causa del disparo que le hizo un vigilante en una colonia residencial resguardada por garitas de entrada, mientras que entre la gente de color hubo mucha indignación porque consideraron que el crimen fue resultado de racismo y que también lo fue la sentencia absolutoria dictada por un jurado integrado por mujeres blancas.
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Y cuando el presidente Barack Obama habló sobre el tema desde una perspectiva más humana que política, lejos de apaciguar las aguas provocó nuevas y más airadas reacciones. Obama había dicho, antes del juicio, que el joven Martin podría haber sido su hijo. Tras la sentencia absolutoria, dijo que Martin era como él hace 35 años, un joven negro que simplemente por su color se convertía en sospechoso, recordando las veces que vio a mujeres cerrar apresuradamente sus automóviles cuando lo veían acercarse, o a personas que se cambiaban de acera en la calle para evitarlo. El prejuicio racial no ha desaparecido y sigue marcando buena parte de las relaciones en esa diversa población.
Los “hispanos”, especialmente los inmigrantes ilegales que realizan trabajos pesados, son objeto también de iguales tratos discriminatorios y la mejor prueba es la forma en que el partido Republicano está manoseando la reforma migratoria específicamente por la aversión que le tienen a los que han llegado a Estados Unidos de manera ilegal cruzando la frontera con México. Los otros inmigrantes, europeos o asiáticos, no tienen tantas barreras como las que se plantean a los latinoamericanos que, igual que el resto, llegan en busca de oportunidades que no encuentran en su país.
El surgimiento de políticas radicales de la extrema derecha en Estados Unidos ha generado una mayor polarización de la que se vivió en los años difíciles de la lucha por los derechos civiles, sobre todo porque esos movimientos tienen mayoría suficiente en el Legislativo para impedir que avancen política de reforma que son reclamadas como una necesidad para vigorizar la economía del país.
Y es muy fácil ver cómo entre la gente que abraza con entusiasmo la prédica de poca tolerancia del Tea Party, el caso de Trayvor Martin se convierte en un factor importante para avanzar en su propaganda a favor de la tensión racial. Circulan fotografías bien editadas con Photoshop, en las que al joven se le presenta como un pandillero de aspecto tenebroso y estas personas las difunden con entusiasmo para probar que los negros que viven en esas comunidades asentadas tras garitas y portones son un peligro para el resto de los habitantes.
Cuando uno ve que en Guatemala todavía hay resabios de ese racismo tan fuerte y que se avivan hasta convertirse en fuego atizados por quienes usan el juicio a Ríos Montt como palanca de división, no puede entender que en sociedades más cultas, sociedades más ricas y mejor preparadas, pueda haber parangón a lo que aquí vivimos y, sin embargo, sí que se puede notar. Muchos de mis amigos en Estados Unidos son residentes de uno de los condados más conservadores del Estado de Florida, donde nunca ha ganado una elección ningún demócrata, y son personas preparadas, con estudios y formación, pero a quienes se les cae el peltre, como decimos corrientemente, cuando se enciende la pasión que ha generado tanta polarización.