No hay palabras para expresar la frustración y el dolor que genera la violencia y el precio que tenemos que pagar los guatemaltecos por vivir en un país inseguro; no existe forma de definir los sentimientos con los que tenemos que lidiar a diario por permanecer en un lugar donde la vida de las personas tiene un precio y donde la “mano dura” es solo un chiste de mal gusto.
Este año Leonel se hubiese graduado de maestro, de no ser porque falleció hace unos días luego de ser víctima de la delincuencia en la zona 1, a pocas cuadras de la Casa Presidencial, justo donde el Presidente tiene su despacho y es resguardado por decenas de agentes de seguridad especializados. Al joven, la vida le costó un teléfono celular.
Kimberly Gabriela, de 5 años y su abuela Everilda fueron asesinadas en Jutiapa; aunque todavía no se ha aclarado su caso, todo apunta a que sus vidas costaron algunas joyas y dinero en efectivo que fueron robadas por hombres armados que irrumpieron en su hogar; en el lugar no hubo nadie para evitar un ataque directo y aunque intentaron defenderse, todos sus esfuerzos fueron infructuosos.
A Alejandro, un celular y una billetera por poco le cuesta la vida hace un par de días. Por suerte, el cuchillo con el que le atacaron no le provocó una herida profunda y el joven pudo evadir a un par de atacantes en la zona 11; la chumpa que llevaba consigo no permitió que el filo del arma le causara un daño severo.
Las historias de vidas cegadas por la violencia se multiplican por miles en todo el país y lo más preocupante es que lejos de aminorar, la inseguridad amenaza cada día a más personas, que se exponen a los robos, extorsiones, secuestros y asesinatos en todo momento y lugar.
En cualquier instante, todos corremos el riesgo de ser víctimas de esta violencia despiadada y solo hace falta que algún criminal o delincuente aproveche un momento de descuido para que le ponga precio a nuestras vidas.
Está visto que los criminales han mercantilizado la vida de las personas, al punto de “cosificar” la existencia de los individuos y comerciarlos como si fuesen bienes, pero no son ellos los únicos responsables de estas tragedias cotidianas. Por omisión, las autoridades también tienen una buena parte de la culpa de lo que ocurre en esta carnicería.
Y no basta con que los funcionarios se enfoquen en hacer “cumplir la ley”, después de que nos prometieron seguridad y un combate frontal contra la criminalidad con una supuesta estrategia de seguridad, que hasta ahora solo es una mentira política o una promesa vacía.
Jamás debieron prometer una mejora en seguridad sabiendo que la Policía se encuentra totalmente debilitada e incapaz de combatir la violencia. ¿Acaso el Presidente y el Ministro de Gobernación –exmilitares y expertos en seguridad– no se habían enterado de esa situación en la campaña electoral? Seguro que lo sabían, pero prometieron lo que no podían cumplir.
Ahora no podemos conformarnos con que hagan su “mejor esfuerzo”. Necesitamos menos “shows” oficialistas y más trabajo real y certero, para que en cierta medida podamos recobrar progresivamente la seguridad e intentar vivir con tranquilidad. No puede ser que, la promesa incumplida de “mano dura” le cueste la vida y la paz a la sociedad guatemalteca.