En un turbulento y agotador escenario, finalmente, el 21 de marzo de 1859 se firmó el decreto que proclamaba como República a Guatemala y así, la separaba del resto de las antiguas provincias de Centroamérica.


Muchos son los estudios publicados sobre estos acontecimientos, pero poco se ha dicho del aporte femenino en tan crucial etapa de nuestra historia. No obstante, la contribución de las mujeres fue no solo abundante sino tuvo un peso específico considerable.
En un medio como el guatemalteco, donde está casi todo por decir sobre los aportes femeninos a la política, a la cultura y a la sociedad, su contribución a la construcción de la república ha quedado velada por mitos sociales que en nuestro medio sitúan a las mujeres en roles preestablecidos, de los cuales es muy difícil salir sin sufrir descalificación y hasta ostracismo.
De ahí que cuando se revisan los protagonistas de los orígenes y desarrollo de nuestra república, la tendencia es detenerse en héroes, reales o imaginarios. Además del carácter reduccionista que suele caracterizar el abordaje, una constante es el olvido de las activistas políticas y escritoras.
Activismo y literatura por lo general se entrelazan, porque al introducirse a la producción de las escritoras, se hace evidente que no es a-histórica: muestra la intención de aportar pensamiento a la conformación de la sociedad que iba rehaciéndose. Mención especial merece su contribución para cambiar la perspectiva de lo femenino, su reclamo de la dignidad de la mujer y la promoción de valores en la sociedad.
Aprovechando lúcidamente la relativa apertura que comenzaba a darse con las novedades de la modernidad –que llegaban dispersas y abruptamente- un grupo de guatemaltecas se lanzó a publicar sus escritos, a formar parte de los equipos de redacción de periódicos, a participar en las tertulias y sociedades literarias y aun a crear y difundir periódicos propios.
Sus mensajes llegaron a la sociedad revestidos con ropajes diferentes, de acuerdo a estilos o inclinaciones personales: crítica mordaz e ironía, lamento o didáctica; poesía, artículo periodístico, teatro o narrativa; tratamientos diversos de los temas, según experiencias e ingenio. Sin embargo, sus obras presentan un denominador común: empeño por incidir en la sociedad.
Por razones de espacio, dejamos de lado la tentación de un recuento exhaustivo de estas escritoras, y nos centramos en tres casos paradigmáticos. El primero, María Josefa García Granados, conocida como “la Pepita”. Musa irreverente que no se detenía ante nadie ni ante nada. Tan adelantada a su tiempo que parece irreal que se desenvolviera literariamente con tanta soltura en la pacata Guatemala de la primera mitad del XIX.
Vivió en tiempos difíciles y su audacia fue difícil de comprender en su tiempo, pero la sociedad consentía sus desenfados… rodeada de amigos que la seguían y cortejaban, “la Pepita” deslumbraba: era un torbellino de ocurrencias, una pluma traviesa. Riquísima en dotes intelectuales, dueña de una profunda cultura clásica, segura de su posición social.
La mayoría de su poesía es satírica. La usó para expresar sus ideas políticas y su crítica a la sociedad, como el caso de retratos que escribió para satirizar a personajes importantes del mundo político y social del momento.
Otra muestra de su pluma burlesca es su Boletín del cólera morbus, escrito cuando el país sufría los embates de la peste y ante las pobres medidas de los médicos y sus excusas para evadir responsabilidades. “La Pepita” hace mofa de ellos con el mayor de los desparpajos.
Ilustran, también, su poesía satírica El Sermón y el periódico Cien veces una, los cuales escribió con su inseparable amigo José Batres Montúfar. El Sermón es una pieza erótica dedicada al canónigo José María Castilla. Como señaló en su momento Ramón A. Salazar, “no tiene parecido, sino en algunas de igual género, atribuidas a Espronceda”.
La publicación Cien veces una fue respuesta al periódico de combate Diez veces diez de los liberales guatemaltecos exiliados en El Salvador durante el gobierno de Mariano Gálvez.
A veces caustica, chispeante, certera en el ataque y plena de recursos en la defensa, así era la poesía de “la Pepita”. Pero, el decorado no ha de esconder la esencia: se trataba de una propuesta poética que aportaba pensamiento crítico a la sociedad.
Un segundo caso paradigmático es el del grupo de escritoras en torno a Vicenta Laparra de la Cerda, algunas de ellas maestras egresadas de lo que luego sería la Escuela de Señoritas Belén.
El grupo tenía fines claramente educativos y moralizantes. Se le ha atribuido influencia del moralismo español de la época, con Pilar Sinués como principal referente.
El grupo dio a luz dos semanarios: La Voz de la Mujer, fundado y redactado por Jesús y Vicenta Laparra y publicado en 1885 y El Ideal, fundado y dirigido por Vicenta Laparra de la Cerda, publicado de diciembre de 1887 a abril de 1888.
Abreviadamente, Vicenta fue la más prolífica: publicó poesía, teatro, novela y ensayo. Jesús escribió sobre temas religiosos; Adelaida Cheves, manuales docentes de economía doméstica y sobre la formación de la madre-esposa ideal; Rafaela del Águila, publicaciones pedagógicas en el campo de la moral y Carmen P. de Silva añadió cartillas de alfabetización para niños a su producción lírica y periodística.
El propósito del grupo era contribuir a la regeneración moral y cívica y al papel de la mujer en la sociedad de progreso, orden y civilización que pregonaba el movimiento ideológico en boga.
Se adscribían a la ideología del ángel del hogar, la mujer virtuosa, cuyo rol situaban en la domesticidad. Consentían en que el impulso del progreso material correspondía al hombre y el del progreso moral, mayormente a la mujer, y sus escritos promovían modelos coincidentes con los arquetipos idealizados por la sociedad.
Es importante mencionar que reclamaban para la mujer el derecho a la educación. El argumento al que recurrían era que instruirse permitiría a la mujer desempeñar mejor su rol de esposa-madre.
El tercer caso paradigmático es Lola Montenegro, quien vive y escribe como romántica y aplica los postulados del Romanticismo a su perspectiva de la existencia humana y social.
Describiendo su obra poética, dice Amanda Montenegro (1964) que sus versos fueron “holocausto”, “estrofas vibrantes, patrióticas y romances de gloria y dolor”. Los define como expresión de “anhelos infortunados” “a la sombra sangrienta de sus tragedias familiares”, y también “a la gallardía heroica”.
La constante en su poesía es el lamento, con funciones catárticas pero también como recurso para la interpelación, porque Lola, a quien Ramón Uriarte (1888) llama una mujer patriota, y patriota como pocos hombres saben serlo, interpela y cuestiona a gobernantes, políticos y poderosos, empeñándose en una arriesgada defensa de la patria.
Fue llamada la Poetisa del dolor con lo cual también se hacía referencia a su existencia plagada de desengaños amorosos. Su inacabable busca de la dicha la hizo tropezar muchas veces en el camino, lo cual no ayudaba a que aquella sociedad veleidosa y terrible en la que vivió la considerara virtuosa.
Su obra refleja un mapa existencial signado por una angustiosa y obsesionante búsqueda de la virtud, que llena de contenido su feminismo. Lola, para quien la humanidad es perpetua mascarada y la sociedad viste careta, traiciona y desampara, se burla del dolor y excluye a la mujer, se distancia de la ideología del ángel del hogar y acaba por resignificar la virtud. Es escritora del claro-oscuro, en tiempos de furiosa intolerancia. Contempla conmovida al ser humano y, como romántica, solo lo reconoce en el amor.