¿Qué le pasa al mundo? entre utopías y realidades


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Indignados en España, protestas en Turquía, rebelión en Egipto, manifestaciones en Brasil, qué le sucede al mundo. ¿Tendrán un origen común esta serie de descontentos?, ¿será el principio de algo mayor?, o ¿simplemente es el fin de esta civilización como lo señalaba Oswald Spengler en su libro La decadencia de occidente?

Jairo Alarcón Rodas

El descontento manifiesto en esos países al parecer tiene un denominador común, el estar en contra de la clase política, la cual no ha podido satisfacer las elementales demandas de la población que cada vez se siente más marginada, abusada, expoliada y empobrecida.
Tomar conciencia de una condición social adversa, en un mundo cada vez más globalizado por las transacciones comerciales, significa verse a uno mismo dentro de esa realidad que lo disminuye, asfixia y a la cual se considera injusta y perversa. Es recobrar la lucidez ante la alienación de un sistema que no permite ver sino una sola dirección y que defiende la libertad individual a la sombra de los monopolios. Es escapar de la masa y cuestionar a un sistema que lo aprisiona y no le permite desarrollarse plenamente ni le proporciona las oportunidades para satisfacer sus necesidades más inmediatas. Tomar conciencia de las injusticias sociales es el primer paso a la rebelión.
Y a partir de ahí adquirir el valor suficiente para protestar y decir basta ya a las condiciones imperantes. Es el grito del que habla Holloway en contra de un Estado que a partir de una estructura jurídica y haciendo uso de la fuerza, privilegia a un sector y  castiga a la mayoría. “Nuestro grito, entonces, es bidimensional: el grito de rabia que se eleva a partir de nuestra experiencia actual conlleva una esperanza, la proyección de una otredad posible”.
De ahí que movimientos inspirados en Stéphane Hessel quien en su libro Indignez vous plasma dentro de sus páginas la resistencia que puede ejercer un pueblo en contra de las acciones de Estados perversos. Hessel, quien escapó de la muerte en los campos de concentración nazi, considera “responsables de la debacle del mundo a los estamentos políticos, económicos, intelectuales y en consecuencia, la sociedad no puede claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia”, por lo que es imprescindible que se alce la voz y que se exija el cambio.  Está por verse si los movimientos sociales en Europa, principalmente en España, con los Indignados, adquieran la madurez y actitud crítica para cambiar al mundo, si fuera posible sin alcanzar el poder.
Dice Hessel: “Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero”. El tener aún a costa del detrimento y bienestar de los demás. Por eso, exhorta a los jóvenes a indignarse en contra de lo que llama el mayor escándalo de nuestra época: el económico; por la gran desigualdad social y la diferencia entre la pobreza y las riquezas extremas en un mundo globalizado. Permanecer indiferentes es, entonces, constituirse en cómplices de tal perversidad.
Los movimientos se generalizan y desde Barcelona a Estambul, pasando por las protestas económicas en Wall Street y columnas de manifestantes en Rio de Janeiro, la organización ciudadana exige que se revise el actual estado de cosas. En este mundo cada vez más artificial el oropel se muestra por encima para deslumbrar a los visitantes, mientras por dentro la miseria hace presa de los residentes.
Un mundo cada vez más deshumanizado
Se vive en un mundo donde la confianza en las autoridades se hace cada vez más escasa, los valores humanos han sido sustituidos por el concepto de mercancía y, como lo dijo Tomas Hobbes, las sociedades están en un virtual estado de guerra donde “el hombre es lobo para el hombre”. Ante tales escenarios las expectativas para la realización de cada individuo como ser humano se hace cada vez más lejana y la violencia aparece como respuesta a las frustraciones.
El capitalismo ha vendido la idea de que solo aquellas personas emprendedoras, que trabajan y se esfuerzan pueden transformar al mundo. De hecho, dicen, que éste se mueve, subsiste, se desarrolla por el ingenio y voluntad de los empresarios. La riqueza únicamente se puede lograr a través de la libertad de empresa y ponerle límites a tal condición significa conculcar el más preciado derecho del individuo que es su libertad.
Pero ¿qué significa tener libertad dentro de una condición social? En sociedad,  los individuos no pueden hacer lo que les viene en gana, pueden hacer solo aquello que no afecte el derecho de los demás. Tal precepto puede crear confusión ya que hacer sólo aquello que no afecte el derecho de los demás, ¿qué puede significar? Y es que cualquier acción por mínima que sea afecta a los intereses de los demás. El hilo que separa la esfera privada y pública es muy tenue.
En sociedad la libertad tiene límites y estos los establece el Estado a partir de la búsqueda del bienestar de sus habitantes. En sí lo que debe pretender un Estado es que los intereses individuales coincidan con los sociales, fomentando aspectos tales como la prudencia, la templanza y la justicia. El mismo John Stuart Mill, paladín del liberalismo decía: “aquellas acciones, de cualquier clase que sean, que sin causa justificada perjudiquen a alguien, pueden y deben ser controladas —y en los casos importantes se exigen por completo— por sentimientos de desaprobación, y si hubiera necesidad, por una activa intervención de los hombres”.
La posibilidad de respuesta en las utopías
Y es que en el capitalismo el apetito de lucro no tiene límites y al no tenerlos, los excesos se convierten en motivo de discordia. Acumular riqueza en detrimento de la mayoría ha sido lo que ha marcado la convivencia en sociedad a lo largo de la historia. Sin embargo, pensadores como Tomas Moro, Tomaso Campanella, Francis Bacon, Furie, Blanc o filántropos como Robert Owen, han postulado desde sus particulares puntos de vista un mundo más humano. Han dejado sus esfuerzos plasmados en las páginas de sus utopías.
La búsqueda de un mundo mejor partiendo de la condición humana ha sido tema de reflexión desde hace mucho tiempo. Tomas Moro, en su libro Utopía muestra los males causados por la acumulación de bienes, diciendo: “donde hay propiedad privada y todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad. Y así, la misma pobreza que parece que se basa en la falta de dinero, desaparece en el momento en que aquel pierde su dominio”. 
Campanella plantea en La ciudad del sol, una ciudad donde los ciudadanos de esta República filosófica “conocedores de que la propiedad privada engendra el egoísmo humano e incita a los hombres a enfrascarse en crueles luchas, han convenido en que la propiedad sea comunitaria”. Bacon por su parte habla en la Nueva Atlántida de “una sociedad no promovida por los intereses económicos, civilizada, ordenada, con un buen sistema judicial en todos los campos”. Por su parte Fourier, Cabet, Blanc, Saint Simon, conocidos como los filósofos utópicos franceses, coinciden en la concepción de sociedades ideales, organizadas según principios democráticos y cuyas relaciones se fundan en la equidad y la justicia.
Owen, sin embargo plasmó en sus empresas textiles New Lanark una nueva forma de entender el carácter empresarial basado en el cooperativismo, donde el empleado fuera tratado con mejores condiciones laborales que se reflejaran en el acceso a una vivienda digna, salario y jornadas laborales  justas. Y aunque sus empresas fracasaron debido a las reglas del juego del capitalismo emergente, que convierten el escenario comercial en una confrontación donde los escrúpulos no tienen cabida, en donde el egoísmo sustituye al humanismo y la utilidad reemplaza a la verdad.
Todas las utopías han sido escritas a manera de respuesta a las condiciones reales injustas que hacen de la persona un objeto y de las relaciones sociales un campo de batalla. Desde la Utopía de Moro, La ciudad del sol de Campanella, la Nueva Atlántida de Bacon, hasta el mundo surrealista de Un mundo feliz de Husley, y la fantasía de un mundo de inmortales en Shangri-La del libro Horizontes perdidos de James Hilton, todas pretenden para todos sus habitantes un estado de bienestar libre de la explotación. En cambio Orwell hizo lo propio al criticar el totalitarismo de Stalin en el libro Rebelión en la granja.
En el nuevo estado, donde ha desaparecido el enemigo, en el que ya no existe la perversidad del hombre, de nuevo “se inventa el terror, y a la vez se cae bajo el dominio del terror”, en el nuevo imperio de los cerdos.
Por su parte, Karl Marx y Federico Engels le dieron,  con sus críticas al capitalismo, un carácter científico al socialismo al evidenciar las consecuencias que representa para la humanidad la acumulación de riqueza dentro de la doctrina liberal, no sin antes señalar que tal sistema lleva a cuestas a sus sepultureros. Marx muestra el camino a una nueva utopía que representa una vía diferente a la realidad histórica vivida hasta la fecha, presa de desigualdades, alienaciones y antivalores. Misma que no puede lograrse si no es a través de nuevos hombres y mujeres. Un nuevo sistema justo donde desaparezca la explotación del hombre por el hombre y ya no sea necesaria la presencia del Estado con sus aparatos represivos y ya no tenga sentido la presencia de un ser egoísta.
La responsabilidad de los sujetos críticos
El temor al totalitarismo expresado por Hannah Arendt, pone en evidencia lo frágil que es caer en los extremos y volver a situaciones de privilegio. La idea no es obligar a los miembros de una sociedad a que piensen como el Estado lo crea conveniente, por el contrario, se trata de posibilitar el surgimiento del pensamiento crítico en cada persona para que de esa forma se devele el accionar más adecuado en sociedad, libre de egoísmos, desigualdades y violencia. Al respecto Arendt dice: “si la legalidad es la esencia del Gobierno no tiránico y la ilegalidad es la esencia de la tiranía, entonces el terror es la esencia de la dominación totalitaria”.
El derrumbe de la Unión Soviética y del bloque de países socialistas del Este europeo no significó, como lo planteó en su momento Francis Fukuyama en  El fin de la Historia, es decir, el triunfo del capitalismo sobre el socialismo, más bien evidenció los errores en los que pueden incurrir los Estados dirigidos por personas equivocadas, en la consolidación de gobiernos totalitarios.  No se trata de que el poder corrompa, sino que en su ejercicio se evidencian las verdaderas intenciones de las personas a cargo.
Sin duda, el poder accionar libremente es un valor inalienable para todo ser humano, pero éste no significa un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar una auténtica condición humana. El verdadero sujeto libre es aquel que hace buen uso de sus derechos, teniendo conciencia que en sociedad, su accionar tiene límites y en tal sentido, su ejercicio conlleva responsabilidades para con los demás.
Entonces,  el descontento se está generalizando, los distractores que entretienen y adormecen conciencias y mantienen pasivas a las personas ya no tienen efecto en una población cada vez más desencantada con lo que el sistema y la clase política les ofrece. Ávidos de cambios persiguen una nueva forma de vivir en sociedad, quizás una utopía donde sus demandas sean escuchadas y sus expectativas puedan tener respuesta. Con la confianza de que ese lugar es posible, la esperanza se mantiene viva en que un día esa utopía la hagamos realidad juntos.