Entro a su cuarto y respiro… aún puedo sentir su olor… a veces me huele a tristeza, a veces a alegría, pero entiendo y acepto que nunca más podré escuchar el arrastre de sus pies cansados.
Tengo ya algunos días de estar llorando su ausencia, sobre todo porque tuve la gran dicha de estar viviendo con él durante los últimos años.
No tengo ahora quién pregunte por el ejemplar de La Hora los jueves por la noche, siempre me leyó, no se perdió uno solo y en absolutamente todas las ocasiones me felicitó por mi artículo. Claro, el amor de un padre supongo. Acostumbraba a salir de su dormitorio para servirse un vaso de agua fría y mientras tomaba a sorbos del vaso me preguntaba ¿Cómo vas? ¿De qué estas escribiendo? Mañana lo lees, contestaba yo, algo de mal modo y como sacudiéndomelo e insinuando que no me quitara el tiempo. Ya revisé la refri, hay agua fría pero dudo que hoy aparezca. Como quisiera tenerlo hoy aquí para que molestara e interrumpiera mi escritura.
Puedo contar por miles los abrazos, llamadas y mensajes que me han dado apoyo en estos días. Personas de los más diversos ámbitos se me han acercado para decirme lo mucho que te estiman, lo importante que para ellos fuiste. Hubo algunos, incluso, que tenían pendiente recibir de ti algún consejo; de ellos me encargo yo. Supongo que en algún momento de tu vida aprendiste, seguramente en momentos difíciles, lo importante que resulta ser el cultivo del amor, porque por naturaleza somos seres incompletos que necesitamos invariablemente el apoyo de otros para reír y llorar. Razón tenías en insistirme lo importante que resulta en esta vida brindar o recibir ese apoyo, solo una muestra más que de ti heredé la virtud de encontrar a la pareja que supiera hacerlo sin titubear, a la familia que lo haría sin condiciones y a los amigos que nunca te dejan caer.
Perdón si te jorobé la existencia con la comida, con la fumada, con la caminada, era solo la desgraciada idea mía de tenerte más cerca de la vida que de la muerte. El egoísmo de tenerte aquí a mi lado para siempre sin importar lo que sufrieras.
Te doy desde aquí infinitas gracias por todas y cada una de las horas que gastaste trabajando para alimentarme, educarme y criarme. Todas y cada una de tus enseñanzas en lo efímero y lo perdurable son hoy la esencia de mi vida, el contenido de mi alma y el soporte de mi cuerpo. Lo que dejaste atrás está celosamente guardado por tu familia y amigos como el más grande de los tesoros de este mundo. La capacidad de amar, el paciente y tranquilo consejo de un hombre bueno, la infalible aptitud del consuelo, el infaltable hombro que siempre diste a quien lo necesitó. Agradezco la enseñanza del delicado y gratificante valor de la amistad que sembraste en mí desde que tengo memoria, pero sobre todo agradezco esa extraña habilidad que tuviste para dejarme, siempre, ser y hacer exactamente lo que yo quería. Hoy me viene en gana agradecerte por darme el privilegio de ser tu hijo y vivir una vida plena, satisfactoria y en la eterna búsqueda de la felicidad y el bien del hombre. Hasta pronto Gordo, te voy a extrañar.