Cuando hacemos un alto en el camino y analizamos dónde estamos hoy y cómo hemos llegado a convertirnos en un país compuesto por una sociedad que no está valorando la vida, en el que el irrespeto por la ley es la regla y no la excepción y en el que más de la mitad son pobres y sin oportunidades, significando que no tienen buena salud, no se alimentan y no se educan como deben, creo que es importante vernos hacia adentro.
pmarroquin@lahora.com.gt
Si juzgáramos por la actitud de la mayoría de guatemaltecos, vivimos en un país que tiene problemas pero no de la calidad o envergadura de los nuestros porque el día a día, más ese afán de llevar las cosas en paz “sin meternos a babosadas”, nos termina consumiendo sin darnos cuenta que esa situación ha abierto un espacio para que los pícaros y los sinvergüenzas aprovechen esa ausencia de civismo ciudadano para llevar agua a su propio molino.
El civismo, según el Diccionario de la Real Academia Española, es el celo por las instituciones e intereses de la patria y el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública. Leyendo esa definición creo que es justo decir que los guatemaltecos no la aplicamos y es importante tratar de entender por qué ocurre esa situación.
Las instituciones y los intereses de la patria, se han convertido en los reductos y deseos de aquellas mafias que a través del financiamiento de las campañas políticas han logrado utilizar el Estado para satisfacer sus intereses personales y por lo tanto es normal que los chapines no sintamos ese celo por aquellas situaciones que solo sirven para satisfacer los deseos e intereses de unos cuantos.
Y con relación al comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia, ante la certeza de la falta de castigo y tras ver el éxito de quienes nunca cumplen con la ley y cómo el Estado los protege, se ha ido generando una cultura de incumplimiento que nos sirve para variados motivos, entre los que destacan el pasarse un semáforo en rojo sin consecuencia alguna hasta matar o robarse millones. Ello deriva en un campeonato de ilegalidades y pareciera que se compite para ver quién sale con la mejor ideota de “irrespeto a las normas”.
Viendo esa realidad creo que es sano preguntarnos si deseamos que el país cambie, porque para lograrlo tendremos que hacer un esfuerzo que implicará sacrificios ciudadanos que marquen la pauta de cuánto queremos que el país sea diferente con la intención de darle a nuestros hijos a y a las generaciones más pequeñas un país más justo y con más oportunidades para todos.
Excusas para justificar nuestro comportamiento hay para gustos variados porque de todo hay en la viña del Señor, pero es ahora cuando debemos vivir apegados a las leyes y predicando con el ejemplo para lograr tener un cambio de actitud social que mande un mensaje fuerte y claro que el poder y las instituciones sociales deben servir para atender los intereses y deseos de la mayoría.
El problema es que hemos sido parte del juego, por acción u omisión, y hemos consentido todo lo que nos sucede al día de hoy. Guatemala no va a cambiar a menos que la gran mayoría de ciudadanos que nos decimos ser buenos cambiemos de actitud y acordemos al menos una agenda mínima sobre la cual lucharemos para darle vuelta a esta realidad nacional.
Yo centraría en la lucha anticorrupción todos los esfuerzos porque en la medida que ésta esté enraizada nunca habrá presupuesto que alcance, problemas que se atenderán, presidentes y funcionarios comprometidos con el país y no con sus financistas, congresistas que respondan a los intereses de sus electores, un sistema judicial ejemplo y libre de vicios.
Y mientras no demostremos que estamos hartos y dispuestos a decir ya basta, se nos seguirá viendo la cara y seguiremos siendo parte de esta mal llamada democracia (pistocracia) que no valora la vida en sociedad y que ha sido moldeada para alentar una corrupción que a su vez alienta la pobreza que nunca nos dejarán salir adelante.
Tenemos excusas suficientes para justificar seguir igual o sobrados motivos para inspirar una lucha que pueda darle vuelta a nuestra realidad.