Es viernes y el sopor de una semana que parece un año se empieza a derretir lentamente conforme se extingue la luz del día. La lluvia no caerá, y a cambio la sensación de humedad hará que la temperatura no aminore hasta entrada la noche. Los motores de cada automóvil o bus que componen una cola larguísima cual hormigas, rugen y contribuyen a la atmósfera de calor agobiante.
Subiendo por la 19 calle y 8ª. avenida, al doblar en esa esquina, aparece en la pared una reproducción de la fotografía “para que todos lo sepan” del políptico “El Esclarecimiento” de Daniel Hernández, e inmediatamente asoma una mujer mayor que de un lado sostiene a un hombre no vidente y con el otro brazo sostiene recipientes con una diversidad de dulces y gomas de mascar; su rostro denota cansancio, pero también dignidad. El rito de sostener a su pareja ciega y al mismo tiempo ofrecer una golosina a cualquier piloto, es lento y angustioso. Enfilando sobre la 6ª. avenida, el tráfico parece tener mayor fluidez por la preferencia de vía que resguarda la autoridad de tránsito, sin embargo el torrente de automotores satura la ruta y es inútil aspirar a circular rápido. En las esquinas asoma un enjambre de motos, la mayoría son mensajeros que apuran su ritmo para cumplir con el mandado; abajo del casco siempre se oculta una gorra que permite un mejor ajuste sobre la cabeza. Otros lo llevan sobre puesto sin que les cubra el rostro. Los pilotos sienten que el enjambre lleva potenciales asaltantes y todos cierran sus ventanas, observan sospechosos por los retrovisores y se encienden las alertas ante cualquier hecho. Más de alguno repasa su reacción de llegar el caso de enfrentar un asalto; -me tranquilizo entrego el celular y respiraré-, otro piensa: -al menor intento le hecho el carro encima o saco el arma. Llegar a la boca calle de la 6ª. avenida y Boulevard Los Próceres ofrece la oportunidad de tener al alcance de la ventana, loroco y anacates según la época, pero también buqués de flores, fruta de la estación en bolsa, sombrillas, raquetas para matar mosquitos y moscas. Entre la oferta de ese mercado informal asoma con agilidad un hombre joven con una sola pierna que se sostiene con muleta única. Su piel está oscura por soportar día tras día sol y humo de motores. Invariablemente sonríe y une sus manos en gesto de oración, pero es un ruego por unas monedas. Preguntarse por su historia personal seguramente conducirá a un accidente o una enfermedad mal tratada, un contexto de precariedad y pocas o ninguna oportunidad de salud digna. Las mujeres que venden chicles en la esquina de la 13 calle y Reforma insisten de tal manera en vender una cajita de gomas o una galleta, que se revela inmediatamente su angustiosa condición de madres solteras, seguramente abusadas y abandonadas. Este viaje que descubre la precariedad concluye en el crucero de la 7ª. avenida y Calle Martí; tres, cuatro, cinco pinos son maniobrados en el aire, una bola de cristal parece flotar en las manos de un hombre, mientras una mujer metida en un aro de su altura, gira imitando a un giroscopio. El acto mágico y malabar termina y casi todos aportan a la causa. Hemos perdido la sensibilidad y pagamos por ver, en las esquinas donde asoma la precariedad y la creatividad. Mientras tanto en las noticias se escucha un avance sobre la captura del hijo de un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, un abogado involucrado en redes de trata de personas…