Desde hace más de 30 años la cafetería del Hospital Herrera Llerandi es administrada por una familia de chilenos laboriosos que llegó desde la tierra de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, para instalarse en la ciudad de Guatemala. Ella, doña Ana Luisa de Lizama; él don Francisco Lizama y González (por parte de madre, como él decía con gracia). Con el nombre de El Copihue (la hermosa flor roja, emblema nacional de Chile) la bautizaron doña Ani y don Francisco en recuerdo de su lejano país.
En un local enfrentando a la sala de espera del hospital ha funcionado esa cafetería que ha hecho el deleite de muchos y variados comensales: parientes y amigos de pacientes; médicos que se han deleitado desde hace muchos años con jugosas empanadas chilenas, emparedados con nombres auténticos (barros luco, barros jarpa y chacarero), la clásica combinación de pollo con aguacate, y los postres: empolvados y milhoja.
Tiempo atrás se llenaba El Copihue con una pléyade de personajes. En la mesa de la entrada, a la derecha, se sentaban a resolver los problemas de la facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos los maestros: Manuel Arias, Guillermo Urrutia y Ronaldo Luna. En la mesa de entrada, a la izquierda, el grupo de médicos jóvenes: Landelino Constanza, Federico Bianchi y Raúl Amenábar Perdomo. Más adentro y en la mesa cercana a la refrigeradora que, soportaba el televisor para los campeonatos de futbol, bromeaban fuerte y reían a carcajadas: Francisco Sandoval, José Barnoya y Alberto Behar. Años después, frecuentó la cafetería: Carlos Pérez Avendaño con dos de sus compañeros del Instituto Central: Fernando Molina y Horacio Rodríguez recordando los días alegres del bachillerato. Desde un principio, la mesa del fondo a la izquierda, al pie del teléfono y cerca de la cocina, ha estado reservada para don Francisco, doña Anita y sus hijas.
La enfermedad y el infortunio hicieron que se redujera el grupo que frecuentaba El Copihue, y fue así como solo quedó la mesa del fondo a la derecha ocupada por Federico Bianchi, Raúl Amenábar, Jorge Mario Alvarado y Julieta González, la encargada del mantenimiento de los jardines del Hospital.
Entro a la cafetería El Copihue una mañana de junio. Busco como siempre la mesa del fondo a la derecha y espero que se aproxime Don Francisco para ofrecerme café. Como no se presenta, camino hacia la mesa opuesta en donde está doña Anita y sus hijas. Una silla vacía espera la llegada de alguien importante. Veo hacia la cocina de donde emerge un olor a empanada chilena. Entreveo entonces e imagino a Don Francisco Lizama que me saluda afable con la mano en alto.