En un país como el nuestro, el pesimismo y el realismo pueden llegar a ser lo mismo. Basta con echar un vistazo a lo que sucede diariamente en las calles para darnos cuenta que la mayoría de guatemaltecos no tienen futuro en su propia tierra y por eso es que muchos apuntan sus esperanzas hacia el exterior, en donde sí hay oportunidades y reconocimiento real por el trabajo y el esfuerzo.
Parece una mentira que los jóvenes sean el “presente”, y eso lo puede confirmar cualquier joven con un salario bajo y una excesiva carga laboral, que jamás podrá aspirar a una mejor calidad de vida; la adolescente a la que se le niega la educación sexual y se le condena a cumplir con un ciclo de reproducción del siglo XVIII; o el niño que debe vender dulces de un quetzal para ganarse la vida, pero que se pasa todo el día con hambre.
Para estas personas y muchas más que se encuentran en situaciones similares o peores, no tiene cabida la idea y el discurso nacionalista de “trabajar por el bien de Guatemala”, como está de moda en varios medios de comunicación. Y es comprensible. Creo que no vale la pena dejar la vida en un país excluyente y segregativo, en el que unos pocos toman decisiones en nombre de todos, sin importarles el costo social o político que eso conlleve.
Para quienes defienden la unidad del país solo se les puede decir que no es justo pedir, desde una posición acomodada, que los demás acepten la pobreza o la explotación como una forma de vida para mantener el sistema, y tampoco se puede esperar una “Guatemala unida” en condiciones desiguales e injustas, pues tarde o temprano las personas se cansan y explotan.
No se trata de despreciar al país, sino de entender que el sistema económico y social está diseñado para beneficiar a unos pocos en detrimento de la mayoría; los privilegios son la ley, y los valores que parecen fundamentales, como la honradez, el esfuerzo y la bondad están subvaluados.
Ahora, la vida vale menos que un teléfono celular; la justicia puede alcanzar a un ladrón de gallinas, pero no a un exjefe de Estado, y se pueden gastar millones de quetzales en juegos mecánicos para una feria, pero no en salvar la vida de niños que se mueren de hambre. Entonces, ¿vale la pena quedarse para trabajar por Guatemala?
La única forma en que permanecer en el país tiene sentido, es para propiciar un cambio sustentable. De nada sirve quedarse a sabiendas que aún con el paso de una, dos, tres o más décadas, las cosas van a seguir igual. Seguramente que el talento de los guatemaltecos puede ser mejor reconocido fuera de las fronteras. Probablemente se puedan encontrar mejores condiciones de vida y al menos, un poco de respeto y reconocimiento a la dignidad humana, lo que difícilmente se puede hallar acá.
Muchos aseguran que la juventud es “el presente” y la niñez es “el futuro” de Guatemala. ¿Habrá quien se crea esa farsa? En realidad, la mayoría de niños y niñas no tienen oportunidades para crecer sanamente y ser felices, mientras que los jóvenes ven truncados sus sueños de aspirar a una vida mejor. En vez de fantasear con frases trilladas, es mejor planificar un cambio estructural para crear oportunidades o buscarlas fuera.